Lo que ocultamos de la luz

La tarta de la pasión

La brisa cálida de verano chocaba contra su piel. Era temprano, tal vez demasiado para un sábado. Sin embargo, ella tenía muchas cosas por hacer: limpiar la cabaña en la que se estaba hospedando, pasear a su perro, hacer las compras, preparar la cena para sus amigos que vendrían por la noche. Un día ajetreado pero emocionante. Selene camina hasta el gran ventanal con vista al mar. Estaba tranquilo, con algunas personas en la playa disfrutando de la mañana igual que ella. Su celular suena y una sonrisa aparece en su rostro cuando lee el mensaje. Francisco le pregunta si quiere reunirse en el muelle en quince minutos. También es madrugador, es algo que le encanta de él, que puedan disfrutar del día juntos. Prepara su bolso y se encamina hacia el muelle. Apenas sus ojos se encuentran con los de él, corre para abrazarlo. Le roba un beso, pero cuando quiere profundizarlo. Él se aparta con una sonrisa incómoda.

—Lo siento, estoy apurado.

—Oh, está bien.

En realidad, no está bien. Hace días que no se ven y quiere decirle que un beso no hará la diferencia, pero guarda silencio. Es muy buena en eso, en callarse lo que piensa, lo que siente. Porque no quiere llegar a una confrontación, no quiere perturbar los minutos de paz que tienen juntos.

—Vendrás hoy, ¿cierto?

La expresión que recibe de él, el ceño fruncido y la mirada perdida, es suficiente prueba para comprender que no sabe de lo que está hablando. Entierra en lo más profundo de su pecho la decepción y tristeza que siente; en su lugar, planta una sonrisa.

—Hoy es la cena, quiero presentarte a mis amigos —aclara—. Están emocionados por conocerte.

Otra vez esa mueca incómoda.

—Haré todo lo posible para estar allí, cariño.

—¿Qué más tienes qué hacer? —interroga confundida.

—Algo del trabajo, no es nada —comenta sin importancia—. Estaré allí, lo prometo.

Luego de eso, desayunan juntos. Francisco se muestra más cariñoso, tal como ella lo conoció por primera vez, en la playa, completamente vestido de traje, ya que salía de la oficina en donde trabaja con su padre. Eso le causó gracia, así que no pudo evitar reírse cuando pasó al lado de ella. Obviamente, él la escuchó, le preguntó su nombre y lo siguiente que Selene sabía es que estaba tomando un jugo con un extraño. Semanas después aquí están.

—¿Cambiaste el celular? —inquiere, cuando ve que saca de su bolsillo un aparato diferente.

—Oh, sí, sí —responde apresurado—. El otro se rompió.

—Mala suerte.

—Cariño, me tengo que ir —besa su mejilla—. Nos vemos a la noche —agrega distraído.

Selene queda con un mal sabor de boca. Sabe que algo extraño está pasando, pero tal vez se debe a problemas en el trabajo o en la presión de su padre para que sea el mejor contador que puede ser. Ella decide quedarse un rato más en la playa, disfrutar del sol y la arena, renovar su energía. Después de una hora, vuelve a su cabaña para acabar con la limpieza. Sus amigos siempre le preguntan por su novio, aunque esta será la primera vez que se vean cara a cara. Francisco siempre está ocupado, ya sea con su trabajo, con sus amigos, con su familia… Ahora que lo piensa, él nunca insinuó presentarle a sus amigos o al menos a su padre.

Cuando termina de comer sale a comprar las cosas que le hacen falta para la cena. La lasaña es la favorita de Francisco, así que tiene la intención de prepararla desde cero. También toma un buen vino; ella prefiere la cerveza, pero a su novio no le gusta. Para el postre decide hacer una tarta de manzana. A medida que camina por el supermercado buscando cada ingrediente, no puede evitar sentir que alguien la vigila. Se detiene con su carrito de compras y voltea la cabeza en cada dirección. No hay nadie, por lo que sigue con su recorrido hasta que vuelve a sentir unos ojos fijos en ella.

—Disculpa…

Una voz aguda la hace sobresaltar. Da media vuelta y se encuentra con una mujer pelirroja, sus pecas sobresalen en su nariz y alrededor de sus mejillas. Su cabello está atado en una cola alta y su vestido vaporoso contrasta con su piel bronceada.

—Disculpa —repite—. Sé que esto sonará extraño, pero vi que tomaste todo para hacer una tarta de manzana. Resulta que es la favorita de mi novio y quisiera pedirte la receta… —el rubor sube a sus mejillas de vergüenza—. Lo siento, parezco una acosadora.

Selene ríe.

—No, no. Está bien, solo me tomaste por sorpresa —afirma—. Entonces, ¿tarta de manzanas?

—Sí, por favor. Soy un desastre en la cocina, pero hoy es una ocasión especial y me encantaría prepararle esto.

—Claro, ¿tienes para anotar?

La mujer saca su celular de su bolso y comienza a apuntar cada paso que Selene le dice. Tarda diez minutos completos en detallarle las instrucciones y mencionarle todos los ingredientes. Cuando termina, ella guarda su celular con una gran sonrisa de satisfacción que le contagia a Selene.

—¿Puede preguntar por la sorpresa? —interroga curiosa—. Si no me entrometo demasiado…

—Después de que te asusté así, puedo responder cualquier cosa. Estoy embarazada y voy a preparar una cena esta noche para anunciarlo.

—¡Felicitaciones!




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