Lo que ocultamos de la luz

Cuando la luz se apagó

Su habitación estaba iluminada por las estrellas de la noche y el velador de su mesita de luz. Giselle estaba sentada en el alféizar de la ventana, con los brazos rodeando sus rodillas y con los ojos concentrados en el cielo. La brisa cálida movía las cortinas y su cabello. Ese lugar, en toda la casa, era su favorito, pero odiaba lo que la llevaba a pasar horas mirando por la ventana en primer lugar. A lo lejos se escuchaban los gritos de sus padres, estaban peleando de nuevo. Ya no sabía por qué era esta vez. Por eso, cada noche se escapaba hacia su habitación y miraba las estrellas. La luna, que se alzaba en lo alto, le hacía compañía. Mañana empezaría las clases; su último año de primaria, y aunque tampoco le gustara —ya que sus compañeros se burlaban de ella—, era mejor que estar en casa con los gritos de sus padres. A veces soñaba con escapar a ese mundo de fantasías que su abuela le contaba cuando era más pequeña, perderse en las estrellas por unas cuantas horas. Las voces se habían callado; no sabía si volverían con más fuerza o si realmente habían terminado por la noche. Giselle está a punto de cerrar la ventana y apagar el velador cuando una luz se encendió en la casa de al lado.

Los últimos vecinos se habían mudado hace un año, dejando la casa deshabitada. A veces, cuando su madre no estaba para regañarla, Giselle iba hasta el patio de esa casa, donde pasaba horas jugando sola y leyendo. Se volvió a sentar en el alféizar, pero esta vez sacó un poco más el cuerpo por la ventana, asegurándose de que realmente había visto esa luz encenderse. De repente, la ventana que se encontraba justo enfrente de la suya se abrió, revelando a un chico, aproximadamente de su edad, con el pelo alborotado y los ojos cansados. Cuando él la vio, se paralizó, pero luego una gran sonrisa apareció en su rostro. La saludó, y luego dejó sus brazos descansando en el borde de la ventana. Giselle, con movimientos tímidos, alzó su mano y devolvió el saludo.

—Hola, soy Pedro. Acabamos de mudarnos —comentó emocionado—. ¿Cómo te llamas?

—Soy Giselle —murmuró.

—Un gusto, Giselle —sonrió—. Mañana empezaré las clases en la escuela estatal, creo que está en el centro del pueblo. Todavía no conocemos mucho del lugar, pero se ve lindo —divagó—. ¿También vas a esa escuela?

—Sí.

—¿No eres alguien de muchas palabras, no?

Ella soltó una carcajada nerviosa.

—Hablas mucho —el rubor subió a sus mejillas.

—Eso me dicen —guiñó un ojo—. Seremos compañeros, entonces.

—No creo que quieras ser compañero de mí —hizo una mueca—. Se burlarán de ti si lo haces.

Giselle vio como él frunció el ceño en señal de confusión, y temió tener que explicar por qué sus compañeros de clase se reían de ella.

—Bueno, no me importa —se encogió de hombros—. Saldré en tu defensa si ellos dicen algo.

—¿Cómo un héroe en un cuento de hadas? —bromeó.

—Sí, si eso es lo que quieres.

Ella no podía creer que ese chico en la ventana se convertiría en su mejor amigo. Cuando regresó a clases al día siguiente, efectivamente, las burlas llegaron, pero él, como había dicho, saltó en su defensa. Pasaban la mayor parte de la escuela juntos, y cuando regresaban a casa y llegaba la noche, cada uno se sentaba en la ventana de su habitación y hablaban. Pedro le contó sobre su familia: cómo su padre era un empresario de la ciudad y se habían mudado a este pueblo para invertir en el proyecto en el que él estaba trabajando. Su madre era maestra, siempre lo ayudaba con los deberes cuando era más pequeño, no tenía hermanos, aunque siempre quiso, y esta era la cuarta vez que se mudaban. Giselle tardó un poco más en abrirse y contarle su historia, pero cuando lo hizo, él siempre le ofreció refugio cuando sus padres peleaban. Ella le explicó que casi siempre discutían por el dinero, que su padre no tenía un trabajo estable y su madre se había peleado con su familia, por lo que no podían pedir ayuda.

Cuando terminaron el último año de primaria, Giselle sintió que había sido el mejor año de todos, a pesar de los problemas en casa. Pedro era quien mantenía unida sus cicatrices. Ella tenía un amigo; sus noches ya no eran solitarias con la luna como compañía. Ahora tenía alguien con quien reír.

—¿Estás nerviosa? —le preguntó desde su ventana.

—Un poco, siempre dicen que la secundaria es un gran cambio.

—Puedes estar segura de que algo no va a cambiar —sonrió—. Nuestra amistad.

Ella le creyó. Sin embargo, su amistad cambió con el paso del tiempo. Giselle pensaba que estaba confundida, pero cada vez se fijaba más en su apariencia. En las pecas sobre su nariz y mejillas, en su pelo rubio rojizo, en sus ojos verdes como el bosque. Tenía la capacidad de hacerla reír sin importar qué, la chispa y el encanto que la envolvían la hacían seguirlo a cualquier parte, las palabras justas cuando estaba mal. Pero, sobre todo, tenía un corazón ingenuo que se lo dio sin medir las consecuencias. Era joven, no sabía nada del amor, y tampoco diría nada para no arruinar su amistad. Él no se daba cuenta; Giselle siempre le decía que tenía la cabeza en las nubes por lo distraído que era.

Su popularidad aumentó en la secundaria, ya no eran solo ellos dos. Ahora tenía más amigos, más personas con las que se relacionaba, y si bien no pasaban tanto tiempo juntos como antes, él siempre reservaba esas noches en la ventana para ella. Parecía que todo era más liviano cuando él estaba cerca. Él la consoló cuando las cosas en su casa iban para peor, cuando su padre se fue un día y no volvió, cuando su madre había caído en depresión y ella tuvo que hacerse cargo. La acompañó, pero a veces no podía evitar pensar cómo sería tener una vida como la de él: una familia estable, amor, tranquilidad. Las calificaciones de Pedro subían, mientras que las de Giselle bajaban. Mientras él tenía citas, salía a fiestas y se divertía con sus otros amigos, ella estaba trabajando como camarera en un bar, cuidando a su madre y haciendo cuentas para pagar la luz, el agua, el gas.




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