La zona estaba rodeada. Había cámaras, luces, gritos. Todo había sucedido tan rápido que apenas le había dado tiempo a procesarlo. Todavía seguía en shock, su cuerpo estaba mojado, pero no sentía frío. No podría sentir nada. Una parte de ella todavía estaba aferrada a su mano. De un momento a otro, su hermana había desaparecido.
—Señorita Hernández…
Todo se sentía tan lejano, como si todavía estuviera debajo del agua.
—Señorita Hernández, ¿puede escucharme?
Poco a poco el sonido vuelve a ella. Primero es un pitido, y luego el ruido de las sirenas la inunda por completo. Siente sus manos entumecidas, al igual que sus pies, el frío cala en ella como no lo había hecho antes. Las pequeñas gotas del agua chorreando por su cabello. Está hecha un desastre. Ahora toma conciencia de eso.
—Señorita Hernández… —repite por tercera vez el oficial de policía.
—Maia —su voz suena rota—. Llámeme Maia.
—De acuerdo, Maia —suelta un suspiro apenas audible—. Sé que esto es difícil, pero necesito que me digas todo lo que recuerdas.
Eso suena extraño a sus oídos.
—¿Lo que recuerdo? —murmura—. ¿Qué pasó?
El oficial de policía mira hacia el costado, sus ojos se entrecierran y su mandíbula se tensa. Una mujer pelirroja aparece frente a ella. Tiene rasgos delicados, casi maternales. Está vestida completamente de blanco, y eso la perturba un poco.
—Ella es la Doctora Donovan…
—No estoy loca —sentencia.
Otra vez una mirada entre ellos.
—¿Por qué dices eso, querida? —su voz es dulce.
—Mis padres una vez me llevaron a ver a una doctora que lucía igual que usted. Ese edificio también lucía igual… Decían que algo me pasaba, que no estaba bien, pero yo sé que estoy bien, lo sé, lo sé…
—Maia, ocurrió un accidente —esta vez es la voz grave del policía—. Necesito saber si recuerdas algo.
Un accidente. Eso fue lo que ocurrió. Estaba en el lago… con su hermana. Puede oler las galletas que estaban comiendo, sentir el viento frío todavía en su rostro. Habían decidido ir a navegar, ella estaba mal y su hermana tuvo la idea para levantarle el ánimo. Su novio había tomado la decisión de cortar con ella. Así que armaron un pequeño bolso con lo necesario y partieron. Era de día… y ahora la noche estaba cayendo.
—Yo…
—Tómate tu tiempo, querida.
—Me llamo Maia —responde tajante.
Otra mirada.
—Cierto, Maia.
¿Qué sucedió? ¿Por qué siente frío? ¿Por qué ella está aquí y su hermana no? De vuelta el pitido en sus oídos. Es otra sirena. Diferente a la que había escuchado. Recuerda. Recuerda. Recuerda. ¿Qué pasó? Estaba hablando con su hermana, su hermosa y perfecta hermana. Estaban jugando a un juego tonto que habían inventado cuando eran más pequeñas. Darle una emoción a los objetos, a lo que las rodeaba por el color que poseían. Por ejemplo, el agua del lago sería tristeza. Siempre llorando, derramando sus aguas por los demás.
Jugaron bastante. Comieron galletas. Hablaron de su familia, de sus estudios, de sus vacaciones. Y luego, todo está en negro.
—Creo que sigue en shock —dice resignada la doctora.
Queda atrapada en su mente. Girando en espiral una y otra vez, los recuerdos van y vienen, desordenados, sin una lógica concreta. Su atención nuevamente se enfoca en las dos personas frente a ella. Están murmurando entre sí, sus cejas están fruncidas, la doctora niega con la cabeza, mientras que el oficial de policía afirma lo que sea que está diciendo. No escucha sus voces. No puede. Está demasiado ocupada tratando de recordar qué sucedió, de ordenar las piezas en su cabeza. Sin embargo, algo la hace reaccionar, más bien una palabra.
—¿Muerta?
—Afirmativo —esta voz no la conoce.
¿Quién murió? Ella quiere preguntar, pero las palabras no salen de su boca.
—De acuerdo, trasladen el cuerpo para la autopsia.
—¿Y la testigo, jefe?
—Sigue en shock —responde.
La testigo es ella, se da cuenta de eso. ¿Quién murió? ¿Quién murió? ¿Quién murió?
—¿Sus padres?
—Los estuvimos llamando, pero no responden —aclara la voz dulce de la doctora.
—Y no lo harán —llega otra voz—. Ambos murieron en un accidente automovilístico hace un año.
—Excelente —comenta sarcástico.
—Llama a servicios sociales —ordena el oficial de policía, el de la voz grave.
Sus padres murieron. Es verdad. Ya lo había olvidado, ¿o estaba confundida? Los recuerdos siguen yendo y viniendo. Pero ahora algo es seguro… su hermana murió.
—Luz…
Siente varios pares de ojos sobre ella.
—¿Cómo dices, Maia?
—Luz.
Ellos se miran entre sí, tratando de descifrar lo que dice. Quiere hablar más, pero esa palabra es la única que por el momento puede salir de su boca. Ese es el nombre de su hermana. O era. Está muerta. Está muerta. Está muerta.