El día de su casamiento pensó que iba a ser el día más feliz de su vida. Estaba equivocada. Todo lo que sucedió a partir de ese día fue un calvario. No creía que el matrimonio fuera así; pensaba que en la época de su abuela podía suceder, pero no en pleno siglo XXI. Sin embargo, cuando su madre, el día antes de su casamiento, se sentó con ella y le contó cómo había sido su matrimonio con su padre, creyó que tal vez era algo heredado. Todas las mujeres de la familia estaban destinadas a ser sumisas. Charlotte creía que su madre había sido una mujer independiente, que su abuela era la que había sufrido por la época en la que se había casado, pero en realidad, vivió años bajo la sombra de su esposo y ella nunca se dio cuenta.
—Tienes que ser una buena esposa —le dijo ese día—. Tienes que escucharlo, pero mantener la boca cerrada. No puedes dar tu opinión. Tienes que cuidarlo como si fueras su madre, servirlo tanto en la mesa como en la cama, curarlo cuando se lastime, apreciarlo y amarlo.
—¿Él tiene que hacer lo mismo, cierto?
Su madre soltó una carcajada tan fuerte que creyó que los pulmones le saldrían por la boca. Entendió que había sido una pregunta tonta y la respuesta de ella se lo confirmó.
—Oh, cariño —dijo con un toque de pena—. Vives para servirle, eso es todo. No esperes nada a cambio.
Charlotte siguió al pie de la letra los consejos de su madre. Al día siguiente se casó, ya había cometido el error y ahora tenía que hacerse cargo de las consecuencias. Así que, todos los días, desde el inicio de su vida matrimonial, se despertaba antes que él para prepararle el desayuno: un café negro, huevos, tostadas, fruta cortada. Ella usaba la vajilla elegante y lo dejaba tapado en la mesa, mientras se ponía a limpiar la cocina y el resto de la casa. Refregaba los pisos, limpiaba las ventanas, sacudía las alfombras, acomodaba los almohadones del sillón, todo tenía que estar perfecto. Luego de un par de horas, su esposo se levantaba de la cama, escuchaba sus pasos hacia el baño y, una vez aseado, se sentaba en silencio en la mesa y comía su desayuno. Nunca recibía halagos; en cambio, solo la miraba y asentía. Después de tres meses de casados, ese día había sido distinto. Estaba de mal humor, su ceño fruncido y su espalda tensa lo indicaban. Charlotte esperaba hasta que él se sentara para acompañarlo a desayunar. Su esposo removió los huevos con el tenedor y tomó un sorbo del café. Hizo una mueca luego de dejar la taza en la mesa y apartó el plato con la comida.
—Está frío —dijo en tono cortante.
Ella estaba segura de que eso no era cierto. Todos los días comía su desayuno, hacía toda su rutina de la misma manera y el plato siempre estaba caliente.
—No puede ser, lo dejé tapado para…
—¡Dije que está frío! —golpeó la mesa—. Porque en vez de dar explicaciones, te levantas y haces algo.
En ese instante comprendió lo que su madre le decía de ser sumisa. De forma automática, ella calentó su desayuno, lo dejó frente a él sin decir ni una palabra. Su esposo lo comió y luego se dirigió al trabajo. Al día siguiente, cuando él repitió que su desayuno estaba frío, aunque ella sabía que no lo estaba, no habló. En su lugar, se levantó, calentó su comida y se sentó correctamente. Así continuó su rutina, y por cada grito que él daba, ella se negaba a llorar; sentía demasiado en su interior, pero sería peor mostrarlo. Un día, su esposo la había sorprendido llorando. Estaba en el baño, estresada por lo que se había convertido su vida, y esa mueca de desprecio, de tolerancia, apareció en su rostro.
—No seas tan sentimental —ordenó.
A partir de ese momento, no volvió a llorar. Sonreía cuando tenía que sonreír, obedecía cuando tenía que obedecer, y complacía cuando tenía que hacerlo. Ya no trabajaba, él le había dicho que ya no tenía que continuar porque él le proveía todo. De esta manera, pasaba horas en la casa, limpiando sobre lo limpio, cocinando sus platillos favoritos, mirando por la ventana cómo su vida pasaba frente a sus ojos. Y pensaba cómo su abuela y su madre tuvieron que pasar por lo mismo, cómo se sintieron utilizadas tal como ella se sentía, cómo nada lo que hicieran sería suficiente para ellos. Se sintió mal por ellas y entendió por qué eran como eran, por qué siempre agachaban la cabeza, cerraban la boca y obedecían. Charlotte no quería ser como ellas, ni siquiera su abuela y su madre tendrían que haber pasado por eso. Nadie tendría que hacerlo.
Una noche, su esposo avisó que tenía una cena de negocios y que debía acompañarlo. Estaba emocionada por salir, incluso si era para escuchar una charla aburrida entre hombres adinerados. Se lavó el cabello y lo recogió en un moño bajo, también eligió un vestido azul de tirantes y hasta la rodilla, junto con un saco negro. Estaba feliz con su atuendo hasta que sus ojos se posaron en ella.
—No puedes ir así —espetó—. Ve a cambiarte ahora.
—¿Qué? ¿Por qué?
Charlotte se arrepintió en el segundo que dijo eso. Nunca tenía que responder, pero le gustaba demasiado su vestido para tener que quitárselo.
—¿Por qué? —suelta una carcajada ronca—. No quiero que mis colegas piensen algo que no es contigo vestida así. No lo voy a repetir.
Su esposo eligió el vestido, uno rosa que le llegaba hasta los tobillos, con cuello y un saco blanco en conjunto. Le soltó el pelo, le colocó una gargantilla de diamantes alrededor de su cuello e hizo un asentimiento con la cabeza. Cuando ella se miró al espejo, tomó conciencia de que la había vestido como una princesa. Charlotte sabía que esa era la impresión que él quería dar a sus compañeros: una princesa dulce, amorosa y obediente. Se dedicó a sonreír toda la noche, las demás mujeres hablaban entre ellas, pero Charlotte solo escuchaba y asentía. La mano de él siempre estuvo sobre su rodilla y, si hacía algo que no le gustaba, recibía un fuerte apretón. Apenas pudo comer porque sentía que su garganta se cerraba por el collar demasiado apretado en su cuello y por retener las lágrimas en sus ojos; no podía hacer un escándalo. Y en una de sus tantas divagaciones en medio de esta cena que odiaba, ella se preguntaba si ella era la princesa, entonces él era su príncipe, aunque no lo sentía como tal.