Lo que ocultamos de la luz

Plato vacío

La primera vez que a Kira se le rompió el corazón fue a los siete años, cuando su madre le dijo que no lograría cumplir sus sueños. Sin embargo, ella prevaleció porque no quería seguir los pasos de sus padres. Ninguno de ellos fue a la universidad, sus trabajos eran mediocres, vivían en un barrio peligroso y el dinero apenas les alcanzaba para llegar a fin de mes. A los doce años, cuando Kira ya tomaba conciencia de cómo funcionaba la vida, consiguió un trabajo… o algo así. Vendía pulseras hechas a mano en la escuela. A los dieciséis comprendió que tenía que ahorrar, cambiaba de trabajo cada semana, cuidando niños, paseando perros, sirviendo helados, limpiando casas. A los dieciocho, cuando se graduó de la escuela, entró a la universidad pública para estudiar economía. Quería llegar a lo más alto que pudiera, hacer lo imposible para establecerse y escapar de la vida humilde que había llevado durante todos esos años.

En la universidad, no era la mejor, pero se esforzaba. El hambre de comerse el mundo era impresionante. Todo valía para ella, para satisfacer ese sueño, por lo que, si tenía que hacer otras cosas, no tan legales para alcanzar sus objetivos, las hacía. Mentir, engañar, seducir, traicionar… La vida era su campo de batalla, estaba librando una guerra contra todas esas personas que le decían que no lo conseguiría, que para qué lo intentaba si iba a fracasar. Ella guardó en su memoria cada nombre, cada rostro que le dijo cómo tenía que vivir su vida.

Un día, cuando Kira volvió a su casa por el receso de invierno, tuvo una conversación con su madre. Ella se encontraba preparando la cena y Kira la ayudaba. Esta era una de las pocas actividades que le gustaba compartir con su madre.

—En unos pocos meses me gradúo —anunció Kira.

—¡Es una buena noticia! Podrás descansar de los estudios, tal vez pasar más tiempo en casa…

—No voy a descansar, mamá —afirmó.

—¿Qué quieres decir? —frunció el ceño—. ¿No estás satisfecha con lo que lograste?

—Nunca estoy satisfecha, no lo estaré hasta lograrlo.

—¿Lograr qué?

Kira no respondió, y su conversación quedó suspendida en el tiempo. Su madre no le volvió a preguntar lo que quería decir después de eso. Y Kira se graduó de la universidad para luego hacer una maestría en Administración. Siempre necesitaba más, necesitaba que la vieran. Alex, otro estudiante que también estaba haciendo una maestría, fue su compañero de proyecto. Ambos tenían ambición, sabían lo que querían, y lo que hacía falta para conseguirlo.

—Eso es sabotaje —afirmó Kira.

—No lo es si no se enteran, podría ser un simple accidente.

—Estamos arruinando su presentación, su proyecto de todo el año.

—Porque el nuestro es mejor y necesitamos esa pasantía —espetó Alex.

Al final de su maestría, cada grupo tenía que presentar su proyecto, el mejor ganaría una pasantía en la mejor empresa de la ciudad. Lo que planeaban hacer era desleal, pero a Kira no le importaba, se justificaba diciendo que otro haría lo mismo, que la vida es así. Comes o te comen, matas o te matan. Y ella no quería ser la presa indefensa, quería ser la depredadora letal. Así que, ambos sabotearon a la competencia, su proyecto fue el mejor y obtuvieron la pasantía. Se sintió mal, pero no por lo que muchos pensarían. Se sintió mal porque no sintió remordimiento ni culpa. Con la pasantía ganada, se dedicó a sobresalir en esa empresa, ya que al final del día solo contrarían a uno. Soportó reclamos, gritos, malos tratos. Todo porque sabía que, en un futuro no muy lejano, ella sería la que estuviera del otro lado.

Luego de varias semanas de prueba, Alex y ella fueron los únicos que quedaron. Entre ellos se iba a decidir quién sería la próxima incorporación de la empresa. La elección se definiría basándose en su presentación, cada uno tenía que preparar una exposición sobre cómo reducir los costos de la empresa. Cuando el día llegó, Kira cambió la presentación digital de Alex, dejándolo en ridículo frente a la junta directiva. Ella consiguió el puesto de trabajo, Alex la felicitó, pero no había alegría en sus ojos, solo traición y furia.

—¿Estás satisfecha? —esa misma pregunta se repetía.

—No, aún no —respondió Kira.

Todavía tenía un vacío en su estómago. La solución fue dedicarse por completo a su trabajo. Kira tejió las redes, se hizo amiga de sus compañeros, se acercó al gerente, incluso se ofreció a cuidar a la hija de su jefe, todo para hacer buena letra, para abrirse paso en la empresa. Cuando el vacío continuaba, decidió llenarlo con cosas físicas. Fumaba, bebía e incluso comía en exceso. De la mañana hasta la tarde era una mujer impoluta, perfecta. Pero en la noche, sus vicios se hacían presente. Ingería cualquier cosa que pudiera satisfacer el vacío que sentía.

Después de tantos años, su madre se contactó con ella, quería avisarle que su hermano había abierto un taller.

—¿Te acuerdas cómo, de niño, siempre soñaba con arreglar autos? ¡Lo consiguió! —exclamó emocionada—. Deberías venir, hija. Saludarlo.

—Estoy ocupada, mamá. Además, no creo que mi hermano dure demasiado con ese taller, siempre arruina todo. Un taller de autos no le dará dinero…

—Es su sueño —responde cortante—. Y está feliz de cumplirlo.

Kira no creía que eso fuera un sueño. Lo que ella perseguía era un sueño. Y cada vez estaba más cerca. La ascendieron en la empresa, de empleada pasó a asistente de gerencia. No se conformó con eso, así que trabajó duró hasta conseguir el puesto de gerente de ventas. Luego, se hizo un lugar en la junta directiva. Con treinta años era la más joven en tener ese puesto. Sin embargo, después de eso se estancó. Se había metido en una jaula de leones, en donde todos querían ser el rey. Ella luchó con uñas y dientes. Recurrió a sus antiguas estrategias, boicoteó trabajos, robó proyectos, traicionó a sus compañeros. Tardó diez años en ascender en la jerarquía, y cuando el director se jubiló, ella estaba allí, en primera fila, para ocupar su lugar.




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