Lo que ocultamos de la luz

Los fuegos de la envidia

La habitación estaba llena del rico olor de las rosas. La música era una melodía suave que acompañaba el murmullo de las personas alrededor. Mujeres, hombres y niños bailando. Una fiesta por dónde se lo mire. Lo único que se apreciaba era el espíritu festivo que inundaba la noche. Pero Luna no bailaba, no le gustaba el aroma dulce de esas flores y definitivamente no estaba de ánimos para celebrar algo. Se había mudado de ciudad a causa del nuevo trabajo de su padre. Apenas llevaba dos semanas en la escuela, mientras que sus amigas de la infancia estaban a cientos de kilómetros. Su padre estaba concentrado en asegurar su puesto en aquella empresa, y su madre estaba demasiado ocupada haciendo contactos para regalar una gota de atención a su hija. Para este punto de la fiesta, ya los había perdido, y ella se encontraba sola.

Estaba escondida en una esquina, lo suficientemente oscura para observar aquel panorama que tanto despreciaba. A decir verdad, nunca había sido una chica de fiestas. La música alta, las bebidas fuertes, la comida horrible. Pero Luna utiliza esa excusa cuando alguien le pregunta por qué no le gusta festejar. La verdad, a Luna no le gusta socializar. En realidad, no sabe cómo hacerlo. A pesar de que intenta una y otra vez, nunca lo logra. Su corazón se acelera, las manos empiezan temblar, la respiración se agita y su mente se pierde. No está en ese lugar sino a miles de kilómetros.

A Luna le encantaría disfrutar de la fiesta, de la comida, de la bebida, del baile como las demás personas. Pero no puede, y eso la frustra y la entristece en ambas partes. Y en esta gala, donde se encuentran personas importantes, niños corriendo entre medio de las mesas, chicos charlando a un costado y chicas demasiado perfectas para ser verdad, siente un fuego en el pecho. Ella sabe. Sabe que eso que desprecia de esta fiesta no es la fiesta en sí, sino las personas en ella. Detesta a los políticos que se jactan de todo, a los empresarios con sonrisa arrogante, a los niños que juegan en una fiesta de adultos, a los chicos que se ríen a un costado. Y a las chicas, sentadas a unas cuantas mesas de distancia, les tiene aversión; detesta cómo hablan entre susurros, como sus mejillas están rojas por la risa, sus cabellos perfectamente peinados, sus ojos vidriosos por el alcohol, la felicidad que se manifiesta en una gran sonrisa. Y no le gusta, porque no quiere sentirse así, no puede sentirse de esta manera. Pero no lo puede evitar.

Desde niña está luchando contra esto. Si estaba en el jardín de infantes, y su juguete se rompía, con rapidez volvía a ver a la niña que tenía a su lado, para verla alegre jugando con su muñeca. Cuando creció unos años, y se encontraba entrando en la primaria, si otra persona que no fuera ella sacaba calificaciones más altas, sentía algo muy raro en el estómago. En la secundaria, se incrementó. Cada vez la tristeza, el enojo, el desprecio, una mezcla muy extraña de sentimientos se asentaba más a menudo en su cuerpo. Sintió ese extraño combo cuando su amiga consiguió un intercambio académico y ella no, cuando en un trabajo grupal no recibía los mismos elogios que el resto de sus compañeros, cuando a pesar de todo lo que hacía nunca alcanzaba.

Nunca alcanzaba para deshacerse de ese fuego que la quemaba por dentro. Y hoy siente lo mismo, porque todos parecen estar disfrutando esta fiesta excepto ella. Y ansía tanto disfrutarla. Luna sabe que no es hermosa como las demás chicas de este lugar, ni tampoco tan carismática como los chicos a un lado de ella, no tiene ese sentimiento jovial con el que juegan los niños, ni es tan inteligente como los empresarios con los que trabaja su padre. Pero desearía serlo y eso la destruye por dentro.

Luna sale de su escondite y, temblorosa, camina mientras inspecciona cada parte del gran salón. La música clásica engloba las cuatro paredes. Había tomado clases de violín en su antigua escuela, antes de abandonar cuando alguien más tomó su puesto. Sabía que no iba a ser como aquella niña prodigio.

—Luna, por fin te encuentro —el tono de su madre suena agitado—. Ya casi es hora de tu discurso.

—¿Discurso? ¿Qué discurso?

—El discurso —hace énfasis en la palabra—. Ya sabes, el que le pidieron a tu padre como agradecimiento por haberse unido a esta empresa.

—Mamá… —la respiración de Luna se estaba acelerando.

—¿No te lo dije? —su sonrisa no abandona su rostro en ningún momento—. El jefe de tu padre le pidió que diera un discurso, y nos pareció mejor si tú lo escribías. Ya sabes, eres buena con las palabras.

—Nunca me dijiste nada.

—Se me debe haber pasado. Pero, cariño, seguro que puedes improvisar.

—¿Por qué no lo da papá? —inquiere en tono casi desesperado—. Él es el que consiguió el trabajo, no tiene sentido que sea yo quién hable.

—Nos muestra como un frente unido, debemos acompañarlo y sería más impactante que tú dieras el discurso —su madre voltea hacia el escenario—. Mira, no somos los únicos que pensamos eso.

Una familia de cuatro sube al escenario, y Luna fija su mirada en la chica con el cabello perfecto que había visto momentos antes y en el chico con la sonrisa más brillante, ambos dan un paso hacia el micrófono. Ellos agradecen por darle la oportunidad a su familia de estar en esta fiesta, de trabajar junto a tales maravillosas personas. Y se concentra en la chica, en sus ojos que son como dos esmeraldas, en su piel de porcelana, en su manicura recién hecha, en el timbre dulce y seductor de su voz, en cómo ese vestido se ajusta a todas sus curvas, en cómo las palabras fluyen por su boca, en cómo sus padres la miran con orgullo, cómo su hermano asiente a cada frase que dice.




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