Lo que ocultamos de la luz

La guardiana entre libros

Los jueves se habían convertido en un día sagrado para Sol. Salía de la escuela para volver a su casa. Su madre siempre la esperaba con un plato de comida caliente. Se sentaban en silencio mientras comían. Cada pocos minutos, su madre le regalaba una simple sonrisa para hacerle saber que todo estaba bien. Después, ella lavaba los platos, recordando cómo el plato de su madre contenía menos comida que el suyo. Su madre iría al trabajo, y ella se dirigiría a su habitación. Se dedicaba a hacer su tarea, también trataba de dormir al menos cuarenta minutos, y cuando llegaba la hora, salía otra vez hacia la calle. Lo único que llevaba consigo era un pequeño carnet. Su foto estaba descolorida y su nombre apenas se leía, pero sabían quién era. Y, en este caso, un libro que tenía que devolver.

La biblioteca se había convertido en su lugar seguro. Por eso siempre esperaba que llegaran los jueves. Era el único día que podía pasar la tarde completa en ese lugar. Se perdía en los pasillos buscando una nueva lectura, se acurrucaba en un sofá con la sensación de calidez y felicidad. Las páginas que devoraba con tanta vehemencia eran lo que le daba paz. Evadirse del mundo y entrar en otro. Cuando ingresó por la gran puerta de madera, Marta, la encargada de tomar su carnet cada vez que quería tomar un libro prestado, la divisó en la entrada. Se había jubilado hacía varios años, pero, según ella, no podía dejar de venir a este lugar. Decía que lo que la hacía feliz no era estar rodeada de libros, sino ver la cara de felicidad del otro al perderse en una lectura. Podía entender lo que decía, a pesar de que no todas sus lecturas fueran alegres. Incluso cuando leía algo más triste, no dejaba de sonreír al saber que estaba en una nueva historia.

—Hola, querida —le da un beso en la mejilla de forma maternal—. ¿Ya sabes lo que leerás hoy?

—Todavía no terminé mi lectura de la semana pasada, Marta —sonrió—. Pero tengo este libro para devolver —le entregó el libro.

—Lo recuerdo —hizo mención a su actual lectura—. ¿El chico que cree que todo es falso y quiere evitar que los niños crezcan?

—Exactamente ese, Marta.

—¿Sabes, querida? Podrías haber elegido Peter Pan

—No lo creo, Marta —mencionó con voz dulce—. Pero ese está en mi lista de pendientes.

El rostro de Marta se iluminó con una sonrisa.

—Es el favorito de mi nieta. Se lo leo cada vez que voy a visitarla.

Sol le entregó el carnet, pero Marta hizo un gesto con la mano para que lo conservara.

—Por favor, querida. Sabes que eso no es necesario —afirmó—. Solo hazme el favor de devolver el libro en su estante correspondiente.

—Por supuesto, Marta —volvió a tomar el libro—. Nos vemos más tarde.

—Que tengas una buena lectura, querida.

Sol se tomó su tiempo, recorriendo cada pasillo y mirando los títulos de los libros que aún no había leído, pero que ansiaba por hacerlo. Sus dedos picaban al rozar los lomos de los libros, tentada por tomar cada uno de ellos y leer su sinopsis. Cuando llegó a la sección de misterio, colocó el libro en su lugar. Hace unas semanas había terminado de leer una historia en la que una estudiante de la escuela, casi de la edad de ella, resolvía un crimen. Esa era otra cosa que le encantaba de la lectura: admiraba a cada protagonista que leía, como algunas podían ser valientes y feroces, otras amables y seguras, otras ambiciosas e inteligentes. Muchas veces se imaginaba que era ellas, que podía ser valiente, amable y ambiciosa. Pero cuando la realidad del hogar la golpeaba, su sueño se destruía. En su casa, todo lo que podía ser era una chica temerosa y cobarde. Su padre gritaba y ella no hacía nada. Se escondía debajo de las sábanas, como una niña pequeña, e inventaba escenarios ficticios en su mente para escapar de la realidad.

Su madre se preocupaba por ella. Decía que no era saludable evadirse. Sol se mordía la lengua para no responder que no era saludable vivir en un ambiente como su casa. Gritos, peleas, llantos. ¿Por qué querría vivir esa realidad cuando podía vivir otra mil veces mejor? Ella podía ser la persona que desafiara a todo un gobierno, la que viviera una historia de amor, la que resolviera un crimen o la que simplemente reinara en una isla lejana. Y si le dijera a su madre que no le gustaba su vida, solo recibiría una mirada triste. A su madre tampoco le gustaba su vida, pero no se lo decía. Ella se parecía a las protagonistas que leía, era fuerte, a pesar de que su padre trataba de quebrarla. A veces deseaba que su madre fuera como esas protagonistas en busca de venganza, que terminara con todo, y la mayoría de las veces solo se conformaba con que se lo dijera a alguien, cualquiera, con tal que viniera a ayudarlas. Sol podría salvarla, pensaba, pero no se sentía lo suficientemente capaz.

Escucha a Marta, que está hablando con otra persona a lo lejos. Giró en un pasillo, estaba decidida a terminar su lectura pendiente, pero no quería algo realista, algo que le recordara que el mundo es cruel, hipócrita y falso. Quería un mundo de hadas, príncipes, dragones y sirenas. Así que se encaminó a la sección de fantasía. Leía cada sinopsis con cuidado, y cuando encontró el indicado, se sentó en su sofá preferido, el que estaba apartado en una esquina con un gran ventanal con vista a la calle. Abrió el libro, inhaló su aroma, se concentró en la tinta, el papel, la encuadernación, y se adentró en la historia. Pasó horas de esta manera, poco a poco el sol caía, el cielo tomaba colores anaranjados. Solo le faltaría una taza de té y una manta para estar completamente en paz. Se concentró tanto en las palabras que no escuchó cuando alguien se sentó en el sofá que está a unos metros de ella.




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