Lo que ocultamos de la luz

Echando raíces

El silencio la despertó.

Últimamente, el silencio era lo único que la despertaba. Había escapado de la ciudad. Demasiados autos, demasiada gente, demasiado ruido. Pero, al parecer, por mucho que no quisiera admitirlo, estaba acostumbrada a eso. Y ahora, en el campo, su mente aclamaba un poco de esa familiaridad ruidosa. Solo podía percibir el sonido de los grillos. Esa era su única compañía. En una casa en medio de la nada, creyó que encontraría paz. No. Paz no.

Un propósito.

Creyó que podía encontrar su propósito. Su rutina la tenía estancada, así que pensó que un cambio de aires sería favorecedor. No lo fue. Porque está a cientos de kilómetros de su hogar, pero emocionalmente se encuentra de la misma manera que el día que tomó la decisión de irse. Sus pensamientos huyeron con ella. Los temores, las malas decisiones, los sueños rotos, el cansancio de la vida. Un ciclo repetitivo sin fin. Aunque cada día se estaba volviendo más complicado. La fuerza para levantarse de la cama comenzaba a abandonarla. Sucumbía en las tempestades de la comodidad porque era más fácil.

En realidad, era todo menos fácil. Estaba cansada. Harta de su trabajo, donde no la tomaban en serio ni le pagaban lo suficiente. Fastidiada de sus amigos, que no se interesaban por ella. Aburrida de una relación en donde ella era la que daba todo y no recibía nada a cambio. Molesta de los dramas familiares y del mundo en que vivían. Así que, su cabeza pensaba lo mismo, porque a las dos de la mañana decidió despertar para encontrarse que el silencio era tan ensordecedor como el tráfico de hora pico en la ciudad. Una pesadilla. Su propia pesadilla. Se levanta de la cama, aunque no quiera, y se dirige a la ventana de su habitación para admirar el cielo estrellado del campo. Esto no lo encuentra en su hogar. No sabe por qué lo sigue llamando de esa manera, porque esa casa dejó de ser su hogar hace mucho tiempo.

No importa.

Mira por la ventana, observa la inmensa cantidad de hectáreas libres que la rodean. La plenitud del paisaje cuando ella se encuentra tan vacía. Es irónico, de cierta manera. Una chica de veinticuatro años que decide irse de 'vacaciones' a descansar. Se dirige al campo —que no le gusta—, completamente sola —lo odia—, con una mochila y sus fracasos en la espalda. Eso no podía replantearlo, porque definitivamente creía que llevaba varios fracasos a cuestas. A continuación toma una manta. No porque haga frío, sino porque la tela la envuelve de tal manera que se siente contenida y se encamina nuevamente hacia la ventana, tomando asiento en el sofá a un costado. Y espera.

Espera que la vida pase. Que esa opresión que siente en el pecho se desvanezca, que las voces en su cabeza se callen. El problema está en que no hace nada. Solo espera, detiene su reloj interno, pero el exterior, todo lo que la rodea, continúa su rumbo. Ve a sus compañeros de trabajo cumplir con sus objetivos, ve a sus amigos enamorarse y desenamorarse, ve a su familia crecer… Observa. Y por cada cosa que observa, un puñal se clava en su corazón y la energía desciende. Su luz se apaga poco a poco. Y lo peor de todo es que nadie se da cuenta.

Es exasperante.

Las horas pasan y ella permanece en el mismo lugar. Reflexionando lo horrible que es su vida. La madrugada da paso al amanecer y lentamente vuelve a la cama. Incapaz de empezar el día y todo lo que eso conlleva. El sonido de los tractores se hace presente a las seis, su celular suena a las ocho en punto, y su aparente vecino toca su puerta a las doce del mediodía, preguntando si quiere acompañarlo para el almuerzo. Pero ella sigue acurrucada entre las sábanas, con los ojos bien abiertos y un dolor profundo en el pecho. Cuando ya es la décima vez que su celular suena en menos de quince minutos, atiende. Terrible decisión. Pero ya se encuentra más allá de eso.

—Hola, mamá.

—Al fin respondes —dice una voz aguda—. Estaba preocupada.

—Estoy bien.

—¿Quieres que vaya? —inquiere—. Sabes que no tengo ningún problema en dejar a tu padre y acompañarte unos días. Adoro el campo.

—Lo sé.

—Además, ya te extraño.

—Yo también, mamá.

La declaración se asienta entre ellas. Es increíble como pueden ser afectivas por medio de un aparato y no cuando se encuentran cara a cara.

—¿Estás segura de que estás bien? —interroga—. Te escuchas…

Apagada. Cansada. Irritada. Vacía.

—Triste.

Ah. Su palabra favorita.

—Me acabo de levantar, debe ser el sueño hablando.

—Son las dos de la tarde, hija —replica—. ¿No quieres que vaya?

—No dormí bien —se remueve en la cama—. Estaré bien, mamá. Necesito esto.

En realidad, no sabe que necesita. O lo sabe demasiado bien. Sin embargo, su madre cree que está en una especie de viaje de desconexión del mundo, ya que se sentía abrumada por el trabajo. No es del todo mentira, pero tampoco es del todo cierto.

—¿Me dirías si algo va mal, no?

—Sí —la mentira se desliza de su lengua con demasiada facilidad.

—De acuerdo —suspira—. Supongo que hablamos más tarde.

—Estaré allí en un par de días.

—Cierto.




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