Lo que ocultamos de la luz

El arte de la venganza

Ella sabía lo que tenía que hacer. Había pensado cada mínimo detalle y ejecutado el plan a la perfección. No tenía tiempo para estar triste. Los tres primeros meses habían sido un cuento de hadas, pero rápidamente se transformaron en un cuento de terror. Después de todo lo que ella había hecho para estar con él: que sus padres no lo aceptaran, que sus amigos lo odiaran, que cada persona nueva que conocía le dijera que él no era para ella. Es difícil cuando todos se entrometen en tu relación, y es peor admitir que tal vez, y solo tal vez, tenían razón. Ahora está pagando las consecuencias. Pensaba demasiado… siempre fue una virtud, o un defecto en este caso. Sin embargo, llegó a tal punto de obsesionarse.

Irene conocía todo sobre ella. Sabía cuándo publicaba una foto, cómo estaba formada su familia; sabía que tenía un hermano mayor, dónde estudiaba, qué estudiaba, dónde vivía. También sabía cuántos meses había salido con ella, que era una bailarina talentosa, maternal con sus sobrinos; incluso llegó a saber que había hablado bien de ella. Por eso, nunca podría ser como esa mujer. Nunca podría dejar el rencor de lado, el resentimiento, y dejar de obsesionarse con ella. Porque, aunque no haya terminado la relación con su novio, sabe que todavía él sigue pensando en ella, y por ende, ella se obsesiona con la ex de su novio.

En su cabeza tenía sentido, si quería que su novio la quisiera nuevamente, tenía que parecerse a ella. Poco a poco, fue adoptando diferentes conductas. Según ella, lo que estaba haciendo iba a generar un impacto en él. El primer paso fue teñirse el cabello. Cambió el rubio por el castaño. No recibió ningún cumplido por esa acción, así que fue más allá. Se hizo un tatuaje en el mismo lugar en que ella lo llevaba. Nuevamente, él la miró, pero no obtuvo ningún resultado. La ropa era sencilla, había visto miles de fotos para conocer su estilo. No le gustaba, pero a su novio sí, y eso era todo lo que importaba. Cuando lo vio por primera vez con su nueva ropa, recibió un asentimiento de cabeza. Eso la incitó a continuar. También comenzó a hacer más ejercicio; quería lograr su figura, pasaba horas en el gimnasio. Se depiló las cejas, se sacó el esmalte de sus uñas y cambió su forma de hablar. A pesar de que hizo todo eso, su novio notó algo extraño, pero no lo suficiente para confrontarla. Estaba ciego, ya que sus ojos solo eran para la chica que lo había atrapado en sus redes.

Luego de un mes, Irene entendió que no iba a conseguir nada con su novio, así que cambió de estrategia. Fue en ese momento cuando su plan de venganza cobró vida. Irene creía fervientemente en tener a sus enemigos cerca, y ella consideraba que esa chica era su enemiga. Irene no creía el papel de buena que estaba interpretando, y se lo iba a demostrar a su novio. Un día, se dirigió al lugar donde ella trabajaba, una cafetería que estaba a unos veinte minutos de donde vivía. La campanita de la puerta hizo ruido cuando ingresó. La localizó al instante: llevaba un uniforme azul, su cabello estaba recogido en una cola de caballo alta y sus labios eran de un rojo intenso. Se acercó a la barra, esperando que la atendiera.

—¿Qué puedo ofrecerte? —en el instante que su vista se enfocó en ella, su rostro palideció.

—Un capuchino con canela, por favor —Irene sonrió de forma inocente.

—Por supuesto…

Angélica, aquella chica con la que estaba tan obsesionada, cobró la bebida y, luego de unos minutos, se la entregó, esta vez más compuesta en su actitud. Irene se sentó cerca del mostrador, donde ella preparaba las bebidas. Sentía su mirada fija en ella, pero se dedicó a tomar su capuchino y esperar. Sabía que Angélica vendría a ella, demasiado intrigada para saber qué hacía en su lugar de trabajo. Nunca se habían visto en persona, pero cada una sabía de la otra. Cuando la clientela aminoró, Angelica se acercó a ella. Su postura era tensa, y no pudo evitar fijarse en sus manos, cómo sus dedos, sin esmalte de uñas, temblaban de nerviosismo.

—No hace falta que nos presentemos, ¿no? —inquiere cuando llega a su lado.

—No, sé muy bien quién sos —responde Irene.

—¿Qué quieres?

Irene hace un gesto con la mano para que tome asiento frente a ella.

—Solo quiero charlar. Tranquila, no te voy a robar más de diez minutos de tu tiempo —sonríe.

Angélica duda, pero al final toma asiento. Su conversación, al principio, carece de sentido. Le pregunta por su trabajo, por su día, como si estuviera interesada en su persona. Sin embargo, en el momento en que Angélica está lista para irse y volver a sus tareas, Irene la detiene.

—Quiero que hablemos de algo que tenemos en común… más bien, alguien.

Eso captó su atención. Irene le contó cada detalle de su plan, esperando que ella aceptara formar parte. Esta era su última oportunidad. Se prometió que iba a cobrar su venganza, y si con esto no lo conseguía, no lo haría con nada. Le resultó difícil leer la expresión de Angélica. Su ceño se mantenía fruncido de forma constante, pero aparte de eso y del temblor de sus dedos, no podía descifrar lo que estaba pensando. La iba a convencer de una forma u otra; desde pequeña conseguía lo que quería, y se negó a que esta fuera la excepción a la regla. Cuando Irene terminó de detallar su plan, esperó la respuesta de Angélica.

—Lo haré.

—¿En serio? —inquirió Irene con incredulidad—. ¿Por qué?

—Las mujeres debemos permanecer unidas —afirma—. Además, es un idiota.




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