Lo que ocultamos de la luz

La fuente de los deseos

Estaba caminando por la larga avenida, esquivando a las personas y pidiendo disculpas cuando no lo lograba. Tenía que llegar al parque exactamente al mediodía; se suponía que funcionaba solo a esa hora. Su madre decía que no servía de nada, su padre protestaba cada vez que salía de casa a la misma hora, porque ya sabía a dónde se dirigía. Su hermano ya no decía nada, entendía que no había forma de hacerla cambiar de opinión. Algunos de sus amigos se reían, mientras que otros solo la miraban en silencio, confundidos. Nadie la comprendía. Su familia no era religiosa, sus amigos menos, pero ella sentía algo en su interior, una necesidad inexplicable.

Vera revisó su reloj por quinta vez; solo faltaban diez minutos para las doce. Relajó un poco el paso, sabía que llegaría a tiempo. Disfrutaba del paisaje, a pesar de la densidad de la ciudad. No había tantos árboles como le gustaría, pero la rutina la había llevado a acostumbrarse. El concreto y los edificios la rodeaban, el aire cargado de humo de fábricas. Incluso el cielo azul no era tan brillante como en el campo. Corrió para cruzar la calle. Un auto, que claramente debía haber frenado, casi la atropella. Soltó un suspiro de alivio y continuó. Cuando vio la entrada del parque, sonrió. Su humor cambió al instante. Era su lugar favorito en toda la ciudad, un refugio en medio del caos. Observó a los niños jugando, a los animales corriendo, a los artistas creando. Incluso había un puesto de comida donde un señor atendía a sus clientes con una sonrisa de oreja a oreja. Tal vez pediría un sándwich después de las doce. Levantó la muñeca y miró la hora: dos minutos.

Caminó unos metros hasta llegar al otro extremo del parque. Su corazón se aceleró cuando al verla. La fuente, gris como el cemento de las calles, tenía una ornamentación intrincada, y el agua caía en una cascada perfecta. Desentonaba con el entorno, pero al mismo tiempo, se mimetizaba con el lugar. Vera siempre había creído que la fuente de los deseos era hermosa. Todos los días hacía ese mismo recorrido para llegar a este sitio y pedir su deseo. Lo había hecho durante dos años y seguiría haciéndolo hasta que su sueño se cumpliera. No importaba cuánto tiempo le llevara, ni cuántas burlas tuviera que soportar. Ella era constante. Tal vez está fuera la cosa más constante en su vida. Tirar una moneda en una fuente y pedir un deseo. Cuando miró su reloj por última vez, vio que ya era mediodía. Rápidamente sacó una moneda de su bolsillo, cerró los ojos, pensó en su deseo y la lanzó al agua. Al abrir los ojos, se sintió renovada. Pedir su deseo hacía que su día fuera diez veces mejor. Le dio un último vistazo a la fuente y volvió sobre sus pasos. Esta vez recorrió el parque con más atención.

Vera se acercó al puesto de comida. Había varias mesas con algunas sillas. En una de ellas, una mujer estaba sentada con un niño pequeño; en otra, una pareja de ancianos disfrutaba de un helado. Solo había una persona delante de ella para pedir comida, un hombre vestido con uniforme de policía. Después de que él retirara su pedido, Vera hizo el suyo.

—¡Vera! —saludó el hombre—. ¿Lo mismo de siempre?

—Sí, por favor, Tony.

—¿Sabes? Podrías pedir otra cosa, toda mi comida es deliciosa.

Vera soltó una carcajada.

—Ya lo sé, Tony.

—¿Lo envuelvo para llevar? —negó con la cabeza, divertido.

—No, hoy comeré aquí.

Esperó un poco mientras preparaban su pedido. Otros clientes llegaron y se fueron: un policía, un hombre con traje y maletín, una señora con bata blanca y un par de chicos con uniforme. Cuando su pedido estuvo listo, Vera saludó a Tony y eligió una mesa para comer. Siempre compraba en el puesto de Tony, era una especie de tradición que tenía después de pedir su deseo. Algo supersticioso, tal vez. Un conjunto de pasos a seguir para que su deseo se hiciera realidad. La pareja de ancianos terminó su helado y se levantó. Unos minutos después, la mujer con el niño se fue también. El parque se iba vaciando. Cuando terminó su sándwich, saludó una vez más a Tony y continuó caminando. Su siguiente parada eran los músicos que estaban en diagonal al puesto de comida. Una chica y un chico. Ella tocaba la guitarra, mientras que él cantaba. Componían su propia música, lo cual Vera consideraba admirable.

—Vera, ¿Alguna petición para hoy? —la saludó la chica.

—¿La que tocaron hace unos días? La que habla sobre los sueños

—Esa es una de nuestras favoritas —dijo el chico.

Comenzaron a tocar. La melodía era triste, pero la letra estaba llena de optimismo. Vera sentía que la canción hablaba de la vida y la importancia de los sueños. Algunas de las pocas personas que quedaban en el parque se acercaron a escuchar. Dejarían una moneda y luego seguirían su camino. Vera fue la única que permaneció cuando la chica tocó el último acorde. Aplaudió.

—Me encanta esa canción… ¿Cumplieron su sueño?

Ella descolgó la guitarra y la guardó en el estuche.

—Estamos en eso —dijo él mientras guardaba el micrófono—. Mucho esfuerzo y trabajo duro.

—Estudiamos en la escuela de música —agregó ella—. Tocamos en el parque para darnos a conocer. Ayer el dueño de un bar nos escuchó, quiere que hagamos una prueba este fin de semana. Es una gran oportunidad.

—¡Los felicito! Son excelentes noticias.

—Gracias, Vera.

Ellos terminaron de guardar sus cosas y se despidieron. Vera continuó caminando, su próxima parada era el pintor que siempre se sentaba cerca de la entrada del parque. Era un hombre adulto, ya con canas en el cabello oscuro. Siempre estaba con un atril, pinceles y acrílicos. A Vera le encantaban sus pinturas, capturaban el más pequeño detalle y transmitían emoción.




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