Lo que ocultamos de la luz

La chica que dejó de ser

Los días de Keila se habían vuelto oscuros. A pesar de que por su ventana entrara un rayo de sol, ella no sentía la piel más cálida ni el ánimo más alegre. Estaba entumecida, viviendo cada día en automático. Se refugiaba en su habitación, lo que antes había sido un lugar sagrado, donde podía disfrutar de tardes con sus amigas o simplemente mirar una serie hasta las tres de la mañana, ahora lo sentía como una fortaleza. Nadie podía entrar si ella no lo permitía, por lo que era su lugar seguro. Pasaba tardes enteras en la cama, las sábanas hasta abajo del cuello, con la vista hacia el techo y el único ruido de su respiración. A veces, cuando no soportaba el silencio, se ponía los auriculares y escuchaba música para distraerse. La música le hacía compañía de alguna manera. Se había aislado de sus amigas, iba a la escuela solo para hacer acto de presencia y no abandonar el año. Sus padres creían que estaba en una fase rebelde, sus amigas pensaban que se había distanciado, sus profesores especulaban que tenía problemas familiares. Todo el mundo suponía, pero nadie le preguntaba. Y si nadie le preguntaba, ¿por qué ella lo iba a decir?

Keila era consciente de que había entrado en un espiral. Se aislaba para no hablar, escuchaba música para no pensar, evitaba dormir para no soñar y, por la mañana, cuando un nuevo día comenzaba con el sol en lo alto, bebía para olvidarse. Es increíble cómo las charlas en la escuela sobre las adicciones habían desaparecido de su mente cuando tomó su primera botella. Aunque, Keila suponía que si alguien pasaba por lo que ella pasó, estaría exactamente igual. Tenía tan solo diez minutos para prepararse, dio vueltas en la cama, se llevó una mano a los ojos, el sol iluminaba su rostro. Era irritante. Con un resoplido se levantó de la cama. En menos de cinco minutos estaba lista. Cada vez, antes de ir a la escuela, se miraba en el espejo, quería asegurarse de que su ropa combinara, que su maquillaje fuera sutil pero llamativo a la vez, que su pelo estuviera bien peinado. Ahora, desde que pasó lo que pasó, no se miraba al espejo. No podía; si lo hiciera solo vería un fantasma de lo que solía ser, y no estaba preparada para eso.

Sus padres la saludan cuando sale de la casa. Ella se salta el desayuno; antes era su comida favorita del día, ahora tenía náuseas cada vez que veía una taza de café y unas tostadas con queso. Toma su bicicleta y parte para la escuela. Esto había sido un gran paso para Keila. Pero la libertad que sentía cuando el viento le soplaba en la cara valía la pena. Eran tan solo unas cuantas calles, y estaba más atenta al camino de lo que solía estar, pero se sentía bien que una cosa no hubiera cambiado drásticamente. En realidad, la que había cambiado era ella. Deseaba todos los días volver el tiempo atrás, para modificar las cosas que hizo que la llevaron a tal situación. Una vez que llega a la escuela, le pone el candado a su bicicleta y entra al edificio.

—¡Keila! —su amiga engancha su brazo al de ella—. ¿Vendrás a la fiesta hoy, cierto?

Sus manos comienzan a temblar, su respiración se acelera y siente como una gota de sudor cae por su frente. Trata de controlarlo, obligándose a inhalar y exhalar de manera normal. Ella saca el brazo del agarre de su amiga, se aleja unos cuantos pasos y traga saliva antes de responder.

—Lo siento, no.

Da media vuelta y continúa con su camino hacia el salón de clases. Sin embargo, su amiga insiste. Se apresura a correr hasta quedar a su lado, sus hombros chocan y se muerde la lengua antes de gritarle que necesita espacio. Ella continúa hablando, dándole razones de por qué debería ir a la fiesta de esta noche. Llegan hasta la puerta del salón y ella aún sigue parloteando. Sus dedos vuelven a temblar, vuelve a inhalar profundamente.

—Ya te dije que no —espeta—. ¡No es no!

Su amiga da un paso hacia atrás, la mira confundida. Keila nunca levantaba la voz, siempre dejaba que otros opinaran porque creía que lo que ella pensaba no era importante. Siempre era arrastrada a las fiestas de sus amigas y ella accedía porque no le gustaba decir que no. Estaba harta de que no la escucharan. Keila entra al salón de clases, dejando a su amiga parada en el medio de la puerta, aún con una expresión desconcertada. Se sienta en el fondo del salón, toma el libro que correspondía para hoy y finge leer. Si siempre la hicieron sentir invisible, en eso se quería convertir; si es invisible, no le pueden hacer daño. Las clases pasan una tras otra y ella apenas levanta la mirada de su pupitre. Anota lo poco que llega a escuchar y se dedica a contar los minutos para salir del salón. Cuando suena el timbre, ella es la primera en levantarse. Hubiera logrado salir sin toparse con nadie, excepto que la profesora la llamara.

—Keila, te noté un poco distraída, ¿está todo bien?

—Bien.

—¿Entendiste todo?

—Sí.

La profesora hace una mueca ante sus respuestas monosilábicas.

—Keila, siempre fuiste una de las mejores estudiantes, pero tus calificaciones están bajando —comenta—. Desaprobaste el último examen. No voy a comunicarle esto al director ni a tus padres porque considero que solo es una fase, tal vez tengas problemas en casa. Puedes rehacer el examen mañana, ¿qué te parece?

—De acuerdo —responde de forma automática.

—¿Segura que estás bien?

No. No está bien. No duerme hace semanas, tiene ojeras y bolsas debajo de los ojos, está perdiendo peso porque no come, está bebiendo demasiado, se pasa horas en su cama, sus padres no la entienden, sus amigas no la entienden, nadie la entiende. Lo único que quiere es desaparecer por horas, días, semanas. Volver a ser la persona que era, la que le arrebataron.




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