Lo que ocultamos de la luz

El jardín de los recuerdos

Mudarse de ciudad era terrible: las cajas, las valijas, los papeles que se pierden en el camino. Pero mudarse a un pueblo era una pesadilla. A lo largo de su vida, Nadia había pasado por muchas mudanzas, aunque ninguna fue tan cansada como esta. Había tomado la decisión impulsivamente; quería desconectarse de todo lo que la rodeaba en la ciudad. El trabajo se estaba haciendo demasiado pesado, y dudaba si quería seguir allí. Los problemas familiares ya la habían sobrepasado, su novio la había engañado y sus amigos no eran quienes decían ser. A pesar de que todo pintaba mal, Nadia se aferraba a lo bueno: siempre había querido mudarse a un pueblo apartado de todo y de todos. Esta fue la oportunidad perfecta para hacerlo.

La casa que alquiló por unos meses es pequeña, con una cocina, un baño y una habitación. No necesita nada más. Arrastra la valija repleta de ropa y entra por la puerta de lo que será su nuevo hogar. Abre todas las cortinas, dejando que entre la luz del sol. La vista es espectacular. A lo lejos, el bosque se extiende y el verde la rodea, haciendo que sus músculos, poco a poco, se relajen. Tal vez mintió: no era una pesadilla mudarse a un pueblo. Le costó llegar, pero valió la pena. El resto de la tarde la pasa acomodando sus cosas, abriendo su valija y guardando su ropa. Desde la ventana de su habitación, puede ver el costado del patio vecino y lo que parece ser su cocina. Más tarde tendría que pasar a saludar. No hay demasiadas casas alrededor, y sería bueno llevarse bien con los pocos vecinos.

Cuando cae la noche, se prepara algo de cenar. Había traído un paquete de pasta en su valija, así que solo tiene que calentar el agua y esperar. En el silencio, sus pensamientos se alborotan más fácilmente. Nadia siempre se consideró una persona optimista, pero no puede evitar que algunos pensamientos intrusivos se filtren en su mente. ¿Por qué aceptó un trabajo que no le gustaba? ¿Por qué se quedó en una casa que no era bienvenida? ¿Por qué no terminó la relación con su novio cuando sabía que las cosas iban mal? ¿Por qué fue tan ingenua en confiar en sus amigos cuando estos no le dieron ninguna razón para hacerlo? Ojalá tuviera las respuestas a esas preguntas. Pero esos pensamientos intrusivos no la definen. Ella sabe que después de una tormenta vuelve a salir el sol, que mejores cosas le esperan. Tal vez un trabajo mejor, una reconciliación con sus padres, un cambio en su relación o nuevos amigos. Siempre espera eso mejor que está por llegar. No deja que las piedras en el camino la frustren.

Cuando su pasta está lista, la sirve en un plato y se sienta en la mesa. Come en silencio, siendo lo único que se escucha es la naturaleza. Al terminar, lava el plato y acomoda todo como debería estar. Una ducha le suena bien, pero está tan cansada por el viaje que solo quiere acostarse y dormir. Deja las luces de la habitación apagadas cuando entra, se cambia de ropa y está a punto de meterse bajo las sábanas cuando ve algo a través de su ventana. Las luces de la casa de su vecino también están apagadas, pero puede notar una figura caminando por el patio. Es alto y de espalda ancha, sus pasos son lentos, pero lo que le llama la atención es lo que sostiene en la mano: una pala. Es cerca de medianoche, no sabe por qué alguien estaría con una pala merodeando por el patio. Nadia se acerca a la ventana, corre la cortina para que la cubra y decide dejar de darle vueltas a lo que vio y simplemente acostarse.

Al día siguiente casi ni se acuerda de su vecino. Su mañana había comenzado con una ducha larga. Luego de eso, caminó hasta el centro del pueblo para comprar suministros. Necesitaba comida y artículos de limpieza. Se distrajo un poco mirando el paisaje que la rodeaba. Por poco no nota que su vecino estaba en la entrada de su casa. Ahora lo ve con claridad. Es un hombre adulto, de la edad de su abuelo si todavía siguiera vivo. Las canas adornan toda su cabeza. Está bien vestido, camisa, pantalones y zapatos lustrados. Su espalda, efectivamente es ancha y la sobrepasa por dos cabezas. Sin embargo, hay un mínimo detalle que desentona con toda su pulcritud: sus manos están cubiertas de restos de tierra.

—Buen día —saluda.

—Buen día —asiente con la cabeza—. Soy Tito.

—Nadia —responde.

—Y dime, ¿qué te trae a este pueblo de mil habitantes?

Ella suelta una carcajada nerviosa. Por alguna razón no puede dejar de ver sus manos llenas de tierra y recordar que llevaba una pala la noche anterior.

—Quería escapar un poco de la ciudad. Respirar aire puro, reconectar con la naturaleza…

—Lo que dicen siempre —murmura.

—¿Disculpe?

—No me hagas caso, niña —mueve sus manos—. Ahora tengo que estar en un lugar, pero dime si necesitas algo. Tal vez este pobre viejo puede servir de ayuda todavía.

—Claro —hace una mueca.

El hombre da media vuelta y se dirige a su casa. Lo ve hasta que entra por la puerta, todavía pensando en la suciedad de sus manos. Con una sensación extraña en el centro de su pecho, ingresa a su casa. Deja las bolsas de compras en la cocina y se apresura hasta su habitación. Corre la cortina hacia un lado, lo suficiente para que sus ojos se enfoquen en el patio de su vecino. Recuerda que se llama Tito. El patio de Tito. No sabe qué está esperando. Contiene la respiración cuando observa que sale hacia el exterior. No lleva la herramienta, en cambio, sus manos sujetan algo que está alrededor de su cuello: un collar, tal vez. Levanta su cabeza en dirección al cielo del mediodía y luego lo pierde de vista cuando dobla hacia la derecha, ingresando al sector del patio que no llega a ver desde su ubicación. Nadia espera, dijo que tenía que ir a un lugar. No cree que ese lugar tendría que ser el patio de su casa. Pero Tito no sale de su casa. Se resigna luego de esperar veinte minutos y se dedica a guardar todas sus compras. Solo está paranoica.




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