Lo que ocultamos de la luz

Justicia oscura

La familia era grande, algo a lo que no estaba acostumbrada, ya que su familia se componía solo de su padre y hermana. Pero su novio tenía muchos parientes. Él la había invitado a un almuerzo para presentarle a cada uno de ellos. Sus padres, ambos rubios y elegantes, la recibieron con una sonrisa cálida. Sus primos, sobrinos y tíos, la saludaron educadamente. Cuando su novio le presentó a su abuelo, no pudo evitar fijarse en la cicatriz delgada que cruzaba su ojo derecho.

—Lo sé, querida… no es muy bonito que digamos.

—Oh, no, no quise ser descortés. Lo siento mucho.

El abuelo negó con la cabeza, sonriendo.

—Las heridas de guerra siempre se quedan con uno.

A pesar de esa situación, se sintió bienvenida. Levaban saliendo tres meses, y ella ya le había presentado a su padre y hermana en una cena, así que le prometió hacer lo mismo. Se sentaron en la mesa; todos eran muy ruidosos, pero de alguna manera, a ella le gustaba, sobre todo porque en su casa, a menudo, se sentía vacía.

—Dime, Inés —la llamó la madre de su novio—. ¿A qué se dedica tu padre?

—Trabaja en una constructora, le encanta lo que hace.

—¿Le falta mucho para que se retire?

—Solo un par de años —respondió mientras se servía un poco de ensalada en su plato.

—Interesante… ¿Y tu hermana?

Las voces empezaron a disminuir, y el rubor subió a sus mejillas cuando casi toda la mesa se volvió hacia ella, esperando su respuesta.

—Está estudiando medicina.

—¡Una doctora en la familia! —aplaudió el padre, claramente entusiasmado.

La conversación pronto giró en torno a ella. Le preguntaron sobre su infancia, si estaba estudiando, el auto que su padre le había regalado, y el último viaje que había hecho con su hermana. Le prestaron atención a cada palabra que decía, y por primera vez, se sintió verdaderamente escuchada. Poco a poco, la ansiedad que había sentido al conocer a la familia de su novio comenzó a desvanecerse. Se encontró riendo con ellos y contando anécdotas. Su novio la rodeó con un brazo por la cintura y le dio un beso en la frente. La madre de él sonrió al ver este gesto y, por un instante, Inés notó un brillo diferente en sus ojos, como si hubiera una chispa de ilusión en ella.

—¿Y qué hay de tu madre, querida? No hemos escuchado mucho sobre ella.

—Murió cuando era niña —respondió, y su sonrisa se desvaneció.

—Lo siento mucho, querida.

El ambiente cambia rápidamente, y cada uno retoma su charla, desviando la atención de ella. Sin embargo, la madre de su novio redirige la conversación casi de inmediato.

—No sé si mi hijo te contó, pero todos los años tenemos una tradición.

—No, no me dijo.

—Cada año vamos a acampar con la familia completa —aclara—. Y como ya eres parte de la familia, nos encantaría que te unieras.

—¿Qué dices, cariño? —murmura su novio.

—Por supuesto.

El almuerzo termina, y con su novio, pasan lo que queda de la tarde en la piscina. Aunque los árboles ya tienen las hojas anaranjadas y la brisa es más fría de lo habitual, el día se mantiene sorprendentemente cálido, al menos por unas horas. Al atardecer, preparan sus cosas: una mochila con muda de ropa, un saco de dormir, comida y objetos de aseo personal. Su novio le dice que las carpas que utilizan cada año son espaciosas, y que con tan solo dos logran acomodar a toda la familia. El viaje en auto transcurre sin contratiempos, y las calles se van tornando cada vez más desiertas a medida que se alejan de la ciudad y se adentran en la zona del bosque. Ella está ilusionada, toma la mano de su novio y entrelaza sus dedos. Al llegar, inhala profundamente. El bosque los rodea: árboles altos que casi tapan el cielo nocturno, flores silvestres, el sonido de las aves y el aroma a pino que es tan intenso que casi la marea.

—¿Lista para pasar la mejor noche de tu vida? —arquea una ceja.

—Adivino… ¿Cuentan historias de terror, hacen una fogata, bromas infantiles y apuestas?

—Algo así…

Su tono la inquieta, pero rápidamente la arrastra hacia el medio del bosque, donde pondrán las tiendas de campaña. Una vez que arman las carpas, ella deja su saco de dormir al lado del de su novio. En su carpa hay siete personas, mientras que en la otra hay seis. Se siente aliviada de no haber tenido que compartir con los padres de su novio, ya que se sentiría incómoda si los vieran abrazarse por la noche. La suya es la carpa de los jóvenes, por decirlo de alguna manera, mientras que en la otra están los adultos. Cuando la noche finalmente llega, se sientan todos alrededor de una fogata.

—Entonces… ¿Quién empieza? —pregunta uno de los primos, arqueando una ceja.

—Creo que, con mi novia aquí presente, me corresponde a mí empezar con las historias.

Se escuchan silbidos y aplausos. Inés gira la cabeza y entrecierra los ojos al mirar a su novio, quien le sonríe de una forma extraña, más una mueca arrogante que una sonrisa sincera.

—Sabía que contaban historias de terror —murmura.

—No es una historia de terror.




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