Lo que ocultamos de la luz

El tiempo que nos une

El sol estaba en lo alto, la brisa cálida los envolvía y el aroma a flores llenaba el aire Ambos estaban recostados sobre una manta, extendida sobre el césped recién cortado, con la mirada fija en el cielo mientras intentaban encontrar figuras entre las nubes. Sus hombros se rozaban y sus risas se esparcían por todo el parque. Él siempre lograba hacerla reír, era el único capaz de alejarla de la tristeza. Pero algo en su voz la hizo notar que había nerviosismo; se le notaba que tartamudeaba, buscando las palabras adecuadas.

—Solo dime lo que estás pensando —dijo, volteando a mirarlo—. Sé que hay algo en tu cabeza.

Las mejillas de él se sonrojaron. Ella se incorporó, imitando su movimiento. Pudo notar el leve temblor de sus manos, así que las tomó entre las suyas y las apretó, tratando de transmitirle un poco de confianza.

—Somos amigos desde los ocho…

—Eso ya lo sé —respondió ella, sonriendo.

—Y pasamos por muchas cosas juntos…

—Eso también lo sé —lo empujó juguetonamente.

—Nina, te puede parecer una locura lo que diré a continuación, pero es solo una idea, un plan de respaldo… —comenzó a divagar—. En caso de que vuelva a pasar lo mismo, y te canses de esto…

—No te sigo, Liam.

Él tomó una inhalación profunda y su mirada se perdió en los árboles del parque, en las flores amarillas al costado, en los pájaros que volaban a su alrededor. Reunió el coraje necesario para volver a concentrarse en ella.

—Me duele verte mal cuando una relación no funciona.

—Liam…

—Déjame terminar —dijo, poniéndose frente a ella—. Me duele verte llorar por alguien que no te merece, o que te lastima, o que te ignora. Y aún no entiendo cómo tu corazón lo sigue soportando, eres tan enamoradiza que siempre estás dispuesta a darle otra oportunidad.

Ella apretó su mano con más fuerza, alentándolo a seguir.

—Entonces… —carraspeó—. Quiero hacer un pacto de… un pacto de amigos. Hemos tenido mala suerte en el amor, así que pensé… bueno, esta idea se me ocurrió de repente, y no estoy seguro de si te gustará, pero quiero decírtela porque tal vez…

—Al grano, Liam —dijo ella, soltando una risa.

—Cierto, cierto. Lo que quiero decir es que si a los treinta y cinco años aún seguimos sin suerte en el amor, podríamos casarnos. Ya sabes, unidos en desgracia y eso.

El silencio cayó entre ellos. Ella lo miraba, desde sus gruesas cejas oscuras hasta sus viejas zapatillas rojas. Su amigo desde los ocho años, proponiéndole matrimonio a los dieciséis. Él siempre había estado allí para ella, el mejor amigo que pudo haber deseado. Y sí, era cierto, siempre le rompían el corazón, y él tampoco tenía mejor suerte, nunca había tenido una relación seria. Al menos, si llegaban a ser adultos con mala suerte, podrían estar juntos.

—¿Nina? —murmuró él—. Sabía que era una locura, no tendría que haber dicho nada, es solo que quería animarte y se me ocurrió… en fin…

—Liam —interrumpió ella, tomando su mano que había soltado—. Sí, es una locura. Pero estoy dentro. Solo tengo una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Por qué a los treinta y cinco años?

Ambos soltaron una carcajada, y luego de eso, la vida continuó. Al regresar a la escuela después de las vacaciones, ella seguía siendo tan enamoradiza como siempre. En su último año de secundaria, tuvo una relación que duró tres meses, comenzó con elogios, sonrisas y promesas, pero terminó con su corazón roto una vez más. Liam siempre estuvo ahí para consolarla. Mientras tanto, él seguía sin tener una relación, se besaba con algunas chicas, las pocas que le prestaban atención. Ella le decía que no tenía que cambiar su personalidad para gustarles, que ser él mismo, un chico amante de los videojuegos, los libros y las películas de zombis. Y él le decía que su futuro novio tendría que convivir con su pasión por el dibujo, su energía desbordante y sus series de vampiros.

Cuando llegaron a la universidad, se distanciaron un poco. No se veían todos los días, pero hablaban cada vez que podían. Nunca volvieron a tocar el tema del matrimonio. En su segundo año de universidad, Nina conoció a un chico que parecía ser el indicado. Liam lo observaba de lejos, siempre dispuesto a intervenir si ella lo necesitaba. Pero todo parecía ir bien, incluso él empezó una relación con su compañera de clase. Salían los cuatro juntos en citas dobles, pero ella no notaba que él siempre estaba demasiado atento, quizás más de lo que un amigo debería.

—¿Qué pasó con Luna? —le preguntó una noche que se juntaron para cenar—. Parecía incómoda el otro día.

—Terminé con ella.

—Oh, lo lamento, Liam —le alcanzó la mano y le dio un apretón—. ¿No funcionó?

Él se quedó mirando demasiado tiempo antes de responder.

—No, no funcionó.

La graduación de Nina fue caótica. Estaba feliz por haberse recibido como diseñadora gráfica, pero al mismo tiempo triste porque su novio había elegido ese momento para decirle que ya no podía continuar con la relación. Llevaba puesta la toga y el birrete, con lágrimas corriendo por su rostro, arruinando su maquillaje, mientras aferraba su mano a la de su mejor amigo. No podía creer que siempre le sucediera lo mismo. Creyó que este sería el indicado, con quien formaría una familia y sería feliz para siempre. Pero, como siempre, su novio encontraba a alguien mejor, o se aburría de ella, o simplemente decía que la monogamia no era para él. Su última ruptura ocurrió cuando tenía veintiséis años. Había tenido algunos coqueteos, pero nunca una relación seria. No sabía por qué, pero siempre que estaba a punto de comenzar algo formal, algo sucedía, como si el destino la estuviera guiando.




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