La puerta de su casa chirrió cuando ingresó. Sus manos temblaban al subir por las escaleras y aferrarse a la barandilla. No tendría que haber sucedido de esa manera. Lo tenía todo calculado, pero algo había fallado. Un error que no se podía permitir. Lo arruinó todo. Pasó de largo por su habitación y se dirigió al baño. Las náuseas habían regresado. Abrió la canilla del lavabo y se echó agua fría en el rostro. Sus latidos eran frenéticos y sus mejillas se sentían calientes. Luego, se desvistió y abrió la ducha. Tenía que limpiarse. No podía dejar que nadie la viera en ese estado. El agua helada tensó sus músculos, pero a ella no le importó. Después de varios minutos, cerró la ducha y se paró en el medio del baño, con una toalla blanca envuelta en su cuerpo. Evitó mirarse en el espejo. Tomó la ropa en sus manos y salió hacia su habitación. Dejó las prendas sucias a un lado en el piso y tomó algo limpio de su armario.
¿Cómo sería su vida a partir de ahora? ¿Debería arrepentirse de lo que había hecho? Una vez cambiada, se acostó en la cama, se cubrió con las sábanas y se dedicó a mirar el techo blanco de su habitación. ¿Por qué todo en su habitación era blanco? Las paredes, los muebles, la ropa de cama. Nunca lo había notado hasta ahora. Quería poner la mente en blanco, pero eso era lo único que no podía hacer. Las imágenes de lo que sucedido hace unas horas no dejaban de repetirse en su cabeza. Intentó dormir, pero se despertaba sobresaltada cada pocos minutos. Se negó a llorar. No podía derramar una lágrima por lo que había hecho. Tal vez podría salir a correr, pero tenía miedo de dejar su casa. No sabe cuántas horas pasó en esa posición, pero la claridad del día dio paso a la noche. La oscuridad se podía apreciar a través de su ventana. También escuchó la puerta de entrada, ruidos en el piso de abajo, voces… Sus padres debían haber llegado del trabajo. No estaba preparada para los golpes en su puerta, y mucho menos para ver a su padre entrar a su habitación con una sonrisa.
—¿Cómo estás, cariño? —se sentó a un lado de la cama—. ¿Qué tal la escuela?
Desde pequeña, su padre siempre le preguntaba por su día. Kiara siempre respondía entusiasmada y le contaba todos los sucesos que habían pasado. Él siempre la escuchaba atentamente. Cuando terminaba, ella le preguntaba por su día. Era una rutina.
—Bien.
Fue la primera vez que le mintió. Sentía como su corazón se estrujaba dentro del pecho. Siempre fueron honestos el uno con el otro. No quería mentirle, pero tenía que hacerlo. Sin embargo, tenía que hacerle una pregunta, despejar sus dudas.
—Papá… —comenzó con voz temblorosa—. ¿Una persona buena haría algo malo?
El silencio se asentó entre ellos. La sonrisa de su padre se transformó en una expresión seria, su ceño se frunció y la línea de su boca se endureció. En el momento que hizo su pregunta, se arrepintió.
—Depende —respondió—. Si es para hacer un bien, ¿seguiría siendo algo malo?
—No entiendo.
Su padre se acomodó mejor en la cama, quedando sentado a un lado de ella. Creía que eso era mejor, al menos él no tenía que ver su rostro por completo. Que una persona buena hiciera algo malo no tenía sentido para ella. No encajaba en lo que entendía como bueno y malo. Al parecer, su padre tenía una concepción diferente.
—Tu madre saboteó el casamiento de su hermana —declaró.
—No lo sabía… —murmuró.
—Lo hizo porque su hermana no se quería casar, sino que la estaban obligando sus padres.
Dejó que esas palabras se asentaran en ella. Por lo que sabía, su tía era feliz siendo soltera. Decía que siempre tenía la libertad de hacer lo que quisiera. No le gustaba atarse a nadie.
—¿Eso es algo malo?
—No, no lo creo —dijo en voz baja.
—Tu madre lo hizo para que tu tía no pasara el resto de su vida sufriendo, casada con alguien a quien no quería, solo por obligación.
—Pero… ¿Por qué los abuelos harían algo así?
Sus abuelos. Nunca hubiera pensado que ellos harían algo como eso. Eran tan amables y dulces con ella, siempre la consentían. Parecía inverosímil que hubieran obligado a su hija a casarse con alguien que no quería.
—Para ellos, lo que estaban haciendo no era malo —continuó su padre—. Estaban asegurando el futuro de su hija.
—La estaban condenando.
—Depende de qué lado lo mires —dijo—. Todo es una cuestión de perspectiva, cariño. Para ellos, casarla con alguien poderoso era hacerle un bien; para tu madre, era una abominación que le quitaran el poder de decisión a su hermana.
—Yo lo veo mal, no importa cuál sea la perspectiva.
Perspectiva. ¿Por qué a ellos les parecía bien hacer algo como eso? No tenía sentido.
—Bueno, ese es el problema. A veces solo vemos lo que queremos ver, sin que exista otra posibilidad —explicó—. Nos criaron para entender que el blanco es bueno y el negro es malo. Aunque se olvidan de que todo lo bueno no es extremadamente bueno, ni todo lo malo es extremadamente malo. Hay grises en el medio. Lo que hizo tu madre fue uno de esos grises, al igual que los abuelos.
Kiara giró la cabeza y observó a su padre. Cualquier problema que tuvo, siempre estuvo su padre para solucionarlo. Era como una fuente de sabiduría para ella. Y es verdad, si una persona hace algo bueno, es recompensada. Si una persona hace algo malo, se la condena. ¿Qué pasa con los que están en el medio?