La distancia entre la habitación de Peter Haywood y la de Alyssa Coalt era exactamente de un metro y ochenta centímetros. Un abismo de aire frío entre dos ventanas y una pared de ladrillo que, para Peter, nunca era lo suficientemente gruesa.
Esa noche no había música. Solo el sonido de los lápices de Peter golpeando rítmicamente su escritorio mientras el pánico, ese viejo conocido con sabor a metal, le subía por la garganta. Al otro lado de la ventana abierta, el resplandor de un cigarrillo o de una linterna —él nunca estaba seguro con ella— delataba que Alyssa también estaba despierta.
—Deja de hacer ese ruido, Haywood. Puedo oler tu ansiedad desde aquí y me está arruinando el café.
La voz de Alyssa era ronca, carente de la alegría que solía fingir en los pasillos del instituto. Peter se giró en su silla, encontrándola sentada en el alféizar, con las piernas colgando hacia el vacío. Se veía pequeña, desalineada, con una sudadera manchada que ocultaba al genio que Peter tanto temía.
—Es un proyecto de Astronomía, Coalt. No una invitación para que analices mi estado mental —respondió él, acercándose a la ventana con los hombros rígidos—. Si no entregamos este diario de observación perfecto, la beca se irá a la basura. Y yo no puedo permitirme eso.
Alyssa soltó una risa amarga que no llegó a sus ojos.
—"No puedo permitirme eso". Qué frase tan de niño rico. ¿Qué pasa, Peter? ¿Si no ganas, tu papá te quitará el coche del año? ¿Tendrás que ir a una universidad que no sea de la Ivy League? Qué tragedia griega.
Peter sintió el aguijonazo. Se inclinó hacia fuera, con los dedos aferrados al marco de madera de su ventana.
—No tienes ni idea. Para ti esto es un juego, una forma de demostrar que eres más lista que el resto sin esforzarte. Llegas tarde, te saltas las reglas, te ves como si no te hubiera importado nada en los últimos cinco años... y aun así estás ahí, pisándome los talones.
—Porque tengo que serlo, idiota —espetó ella, saltando hacia dentro de su habitación para quedar de pie frente a él, con solo el vacío separándolos—. Tú quieres la beca por el prestigio, por el cuadro en la pared de tu padre. Yo la necesito porque es la única forma de no terminar como mi madre, contando monedas para pagar la calefacción de esta casa.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que ninguno sabía nombrar. Peter observó las ojeras de Alyssa, el cansancio real que su actitud rebelde solía camuflar. Ella, a su vez, vio la grieta en la armadura de perfección de Peter: el miedo a no ser nada si no era el mejor.
—Entonces odiamos lo mismo —susurró Peter, y por primera vez, no había sarcasmo en su voz.
—No —lo corrigió ella, retrocediendo hacia las sombras de su cuarto—. Yo odio que tú tengas todo el equipo y sigas sin saber mirar las estrellas. Y tú odias que yo, sin tener nada, sea la única que puede alcanzarlas.
Alyssa cerró la ventana con un golpe seco que resonó en el pecho de Peter. Él se quedó allí, mirando su propio reflejo en el cristal.
Editado: 02.02.2026