Para Peter Haywood, el primer día del último año no olía a oportunidad, sino a cloro y a café recién hecho.
Se terminó de anudar la corbata frente al espejo con una precisión quirúrgica. Su padre, desde la puerta de la habitación, consultó su reloj de pulsera. No hubo un "buenos días" ni un "suerte". Solo una observación.
—La Beca Haydn solo tiene un cupo este año, Peter. No espero que seas el segundo mejor de la preparatoria. Espero que seas el único.
—Lo sé, papá —respondió Peter, sintiendo cómo el cuello de la camisa le apretaba un poco más de lo normal.
—Tu madre y yo hemos invertido mucho en tus tutores de verano. No dejes que ninguna "distracción" arruine el historial de la familia.
Peter asintió, recogió su mochila perfectamente organizada y bajó las escaleras. Al salir de su casa, el aire fresco de la mañana no lo alivió. Giró la cabeza instintivamente hacia la casa de al lado. Las persianas de la habitación de la chica seguían cerradas, pero el caos ya se escuchaba desde la acera.
El otro lado del muroDentro de la casa de los Coalt, el ambiente era una combustión espontánea. Alyssa buscaba desesperadamente su cuaderno de bocetos mientras su madre, con el uniforme del turno nocturno aún puesto, le gritaba desde la cocina.
—¡Si pierdes el autobús otra vez, Alyssa, no voy a llevarte! ¡Tengo que dormir tres horas antes de volver al hospital!
—¡No necesito que me lleves, mamá! ¡Puedo llegar caminando! —gritó Alyssa, metiéndose una tostada fría en la boca mientras se ponía una bota desabrochada.
—¡Necesitas esa beca! ¡No podemos pagar otra cosa! ¡Deja de comportarte como si tuvieras todo el tiempo del mundo!
Alyssa se detuvo un segundo, con la mano en el pomo de la puerta. La presión le quemaba en el pecho, pero se tragó el nudo. Se acomodó la sudadera gigante sobre el uniforme escolar —un acto de rebeldía silenciosa— y salió disparada de la casa, justo a tiempo para ver el auto de lujo del padre de Peter desaparecer al final de la calle.
—Matadito perfecto —masculló ella, echándose a correr.
En la Escuela Peter ya estaba sentado en la primera fila cuando sonó el timbre. Había llegado diez minutos antes para elegir el asiento con la mejor visibilidad hacia la pizarra. Tenía sus bolígrafos alineados y su tableta encendida.
El profesor Miller entró al salón y cerró la puerta.
—Bienvenidos al último año. Saben por qué están aquí. La mayoría de ustedes quiere la beca internacional, pero solo uno tendrá el honor de...
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estrépito que hizo que Peter saltara en su asiento.
Alyssa Coalt apareció en el umbral, jadeando, con el cabello despeinado por la carrera y una mancha de café en el puño de su sudadera. Se veía desalineada, fuera de lugar y absolutamente agotada.
—Llega tarde, señorita Coalt —dijo Miller con un suspiro.
—El despertador no... —Alyssa se detuvo al sentir una mirada clavada en ella.
Giró la cabeza y se encontró con los ojos fríos y críticos de Peter Haywood. Él la miraba como si fuera un error ortográfico en un examen perfecto. Alyssa enderezó la espalda, le sostuvo la mirada y dibujó una sonrisa desafiante.
—El despertador decidió ser tan aburrido como la clase de hoy, profesor. Pero ya estoy aquí.
Peter apretó los dientes y escribió una sola palabra en la esquina superior de su cuaderno: "Tortura".
—Tome asiento —ordenó Miller—. Justo a tiempo para la primera noticia: este año, el 40% de la calificación final dependerá de un proyecto de observación astronómica en parejas. Y como quiero evitar favoritismos, las parejas se han asignado por proximidad domiciliaria para facilitar el trabajo nocturno.
Peter sintió que el mundo se detenía. Miró a Alyssa. Alyssa lo miró a él.
—Señor Haywood —continuó el profesor—, usted trabajará con la señorita Coalt.
Peter sintió un pitido agudo en los oídos. Miró al profesor Miller, luego a Alyssa —que seguía de pie en medio del pasillo con cara de incredulidad— y finalmente a la lista que el profesor sostenía en sus manos.
—Profesor, debe de haber un error —dijo Peter, levantándose tan rápido que su silla chirrió contra el suelo—. Con todo respeto, mi historial académico es... impecable. Necesito a alguien que tenga el mismo nivel de compromiso. Alyssa ni siquiera ha sacado sus libros todavía.
Alyssa, que hasta ese momento estaba procesando el shock, reaccionó al escuchar su nombre envenenado por el tono de Peter.
—¿Nivel de compromiso? —soltó ella, dejando caer su mochila pesadamente sobre el pupitre de al lado—. ¿Te refieres a tener un palo metido en la columna y vivir para complacer a los profesores? Porque si es así, paso. Profesor Miller, no puede hacerme esto. Haywood me va a dar un sermón cada vez que respire fuera de ritmo. Prefiero hacer el proyecto sola, o con un cactus.
—¡Es un trabajo de observación nocturna, Coalt! —espetó Peter, girándose hacia ella—. ¡Tú ni siquiera te despiertas a tiempo para ver el sol, ¿cómo esperas ver las estrellas?!
—¡Al menos yo no necesito un manual de instrucciones para saber hacia dónde mirar, Haywood!
—¡Basta! —El grito del profesor Miller cortó el aire como un látigo.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Peter seguía de pie, con las mejillas encendidas por la rabia, y Alyssa mantenía los brazos cruzados, desafiante. El profesor se ajustó las gafas y los miró a ambos con una mezcla de cansancio y determinación.
—Señor Haywood, siéntese ahora mismo —ordenó con voz gélida. Peter obedeció, aunque sus movimientos eran mecánicos y tensos—. Y usted, señorita Coalt, deje de comportarse como si estuviera en un patio de recreo.
Miller caminó hacia el centro del aula, recorriendo con la mirada a todos los alumnos, pero deteniéndose especialmente en ellos dos.
—He formado las parejas con un propósito que va más allá de los telescopios. La astronomía requiere paciencia, perspectiva y, sobre todo, la capacidad de colaborar con lo desconocido. Ustedes dos son los mejores promedios de esta institución, pero carecen de lo más básico: convivencia y flexibilidad.
Editado: 02.02.2026