Abrí los ojos, todo estaba borroso y no sabía dónde estaba. Intenté enfocar algo, cualquier cosa, pero mi vista parecía cubierta por una niebla que no me dejaba distinguir bien las formas. Solo percibía luz y algunas sombras a mi alrededor. Lo único claro era un pitido constante que llenaba el silencio y empezaba a ponerme nerviosa. Parpadeé varias veces, casi al ritmo de ese sonido, intenté que mis ojos se acostumbraran.
Poco a poco mi vista mejoró. Me di cuenta de que estaba boca arriba en una cama. No era una cama muy cómoda, así que definitivamente no era la de mi casa. Sentía las sábanas demasiado tensas, demasiado perfectas, y el colchón era firme. Giré la cabeza hacia la izquierda y la luz me golpeó un poco los ojos. Había una ventana grande por la que entraba mucha claridad. A su lado vi una butaca gris, amplia y acolchada, colocada junto a una pequeña mesa redonda. También había una cortina blanca que caía desde el techo hasta casi el suelo, suave y ordenada.
Giré la cabeza hacia la derecha. Allí había otra cama exactamente igual que en la que estaba, pero estaba vacía. Estaba perfectamente hecha, como si nadie la hubiera usado. Levanté un poco más la mirada intentando encontrar de dónde venía ese pitido tan irritante. Entonces vi una máquina con una pantalla llena de números y líneas que subían y bajaban lentamente. Parecía un monitor cardíaco. Cada vez que la línea se movía, el pitido volvía a sonar.
Bajé la mirada hacia mis brazos y mis manos. Estaban llenos de pequeños moratones, algunos amarillentos, otros más recientes. Pero lo que más me llamó la atención fue la vía que tenía en el brazo. Un tubo fino entraba en mi piel y subía hasta un soporte metálico donde colgaba una bolsa transparente. Seguí el recorrido del tubo con la mirada y vi cómo un líquido caía lentamente, gota a gota, entrando a mi cuerpo.
Me dolía todo. Cada parte de mi cuerpo parecía pesada y dolorida, como si hubiera corrido durante horas o me hubiera golpeado contra algo muy fuerte. Pero lo peor era no saber por qué estaba allí. Intenté recordar qué pasó. Mi mente estaba confusa, como si las ideas estuvieran desordenadas.
Solo recordaba que el día anterior estaba conduciendo hacia mi casa después de dejarlo con él. Bueno, más bien él me había dejado a mí.
La idea apareció en mi cabeza y desapareció casi al mismo tiempo, dejándome con una sensación extraña en el pecho. Me quedé unos minutos mirando el techo de la habitación. Tenía luces empotradas y todo parecía limpio y moderno. Para ser un hospital, la habitación era sorprendentemente bonita. Las paredes eran de un gris claro, los muebles de madera clara y todo parecía demasiado ordenado y tranquilo.
Y aun así, no conseguía entender qué hacía allí.
Me quedé unos minutos mirando a la nada, con una respiración lenta, intentando recordar lo que había pasado la noche anterior, pero simplemente no podía. ¿Sería que mi cerebro lo había querido eliminar por lo mal que lo pasé? ¿Y si en verdad no me había dejado y había sido solo un sueño? Ojalá fuera eso.
Unos golpecitos en la puerta de la habitación me sacaron de mis pensamientos.
—¿Se puede? —dijo una voz tranquila desde fuera.
La puerta se abrió despacio y apareció una enfermera. Llevaba un uniforme azul claro, sencillo, y durante un segundo me pregunté si realmente estaba preparada para ver a alguien o si prefería seguir sola con mis pensamientos.
Tenía el pelo muy largo, de un color cobrizo intenso que casi parecía fuego cuando la luz lo tocaba. Le caía en ondas por la espalda, recogido ligeramente hacia atrás con una pinza, aunque la mayor parte del cabello seguía suelto.
Se acercó unos pasos a la cama con movimientos tranquilos, como si no quisiera hacer ruido innecesario. Llevaba unas gafas de montura fina que le daban un aire sereno y concentrado. Sus ojos recorrieron rápidamente la habitación, el monitor cardíaco y después se detuvieron en mí, comprobando que estaba despierta.
Su expresión cambió ligeramente cuando se dio cuenta de que la estaba mirando.
—Vaya —dijo con una pequeña sonrisa—. Veo que ya estás despierta.
Se acercó al lado de la cama y miró la pantalla del monitor que no dejaba de emitir ese pitido constante. Sus dedos se movieron con rapidez y naturalidad al revisar algunos botones, como si estuviera muy acostumbrada a hacerlo.
Luego volvió a mirarme, inclinando un poco la cabeza.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con una voz calmada—. No te asustes, es normal estar un poco desorientada cuando te despiertas.
Yo seguí observándola, todavía intentando ordenar mis pensamientos.
Porque si había enfermeras allí… entonces lo que hubiera pasado la noche anterior tuvo que ser mucho más serio de lo que recordaba.
—¿Y bien, cómo te sientes, Bianca? —me lo preguntó por segunda vez mientras estaba apuntando cosas de vete a saber qué en un portafolios.
Giró la cabeza hacia mí.
—Si quieres puedo volver cuando estés más calmada y lo hayas procesado todo. Al fin y al cabo llevas más de dos semanas inconsciente. —Cuando acabó de decir eso se dirigió hacia la puerta para irse.
No era posible que llevara más de dos semanas metida allí, en esa cama tan incómoda. Además me había despertado sin nadie, me había despertado sola, me había despertado sin él. Pero no acababa de recordar qué fue lo que me pasó para estar allí durante más de catorce días. Tenía muchas dudas y pocas respuestas.
Editado: 26.03.2026