A primera hora de la mañana Ginger me ha despertado y me ha llevado a una sala donde había más pacientes. Parecía un mini gimnasio, me ha dicho que me levantara y que hiciera lo mismo que el entrenador, que en verdad era un médico más, pero ella lo ha llamado entrenador. Yo lo he hecho todo, igual que él, o al menos intentándolo ya que me dolía todo el cuerpo ya que era la primera vez que me levantaba de esa incómoda cama en dos semanas.
El entrenador me dijo que era normal que no me salieran algunas cosas, que ya iría mejorando, que no me preocupara. Una vez acabada la sesión de gimnasia, hemos vuelto otra vez a mi habitación, donde me han traído la comida. Era una sopa de pollo sin sabor, con una tortilla francesa que le faltaba sal, pan balnco y gelatina. Pero bueno, no me puedo quejar porque es la comida típica de hospital y la más asquerosa que he probado en mi vida.
Eran las cinco y media de la tarde, me acababa de despertar después de hacerme una pequeña siesta de dos horas. Me despertó mi madre con su llanto.
— Hola, Bianca. — me dijo nada más despertarme. — Que alegría que estes bien cariño. Ahora vendrá tu padre y tu hermano que están buscando aparcamiento. — Dijo mientras se secaba las lágrimas de los ojos mientras se le rompía la voz.
La miré durante unos segundos, intentando ubicarme del todo en ese momento. Sabía quién era. Claro que lo sabía. Era mi madre. Pero aun así, había algo extraño. Una especie de distancia invisible entre nosotras, como si estuviera viendo una escena que debería emocionarme mucho más de lo que realmente lo hacía.
— Hola… — murmure, con la voz áspera, como si no terminara de pertenecerme.
Se acercó a la cama casi de inmediato y me cogió la mano con fuerza. Demasiada. Como si necesitara comprobar que estaba ahí, que no iba a desaparecer otra vez. Note como sus dedos temblaban ligeramente sobre los míos.
— Nos has dado un susto terrible. — dijo sin soltarme. — Dos semanas… dos semanas sin despertarte… dos semanas sin poder verte…
Baje la mirada hacia nuestras manos entrelazadas. No supe qué decir. No supe como reaccionar ante algo así. Las palabras no encajaban con lo que sentía… o con lo que se suponia que debia sentir.
— Estoy bien. — Acabé diciendo, aunque ni siquiera yo estaba segura de que fuera verdad.
Ella asintió varias veces, demasiado rápido, como si necesitara creerlo más que yo.
— Sí, sí… eso es lo importante. Ya ha pasado. Ya estás aquí.
El silencio que siguió fue incómodo. No porque faltaran palabras, sino porque sobraban.
— ¿Recuerdas algo? — preguntó al cabo de unos segundos, con cuidado, como si la respuesta pudiera romper algo.
Negué con la cabeza.
— Solo cosas sueltas.
No quise decir más. No sabía como explicar ese vacío que tenía por dentro.
Mi madre apretó un poco más mi mano. Durante un segundo pensé que iba a añadir algo, pero no hizo. Se limitó a mirarme, como si intentara reconocerme, como si estuviera buscando a su hija en alguien que no terminaba de encajar del todo.
La puerta se abrió de golpe.
— ¿Ya está despierta?
Levanté la vista, era mi padre, y detrás de él, estaba mi hermano mayor. Entraron rápido, cerrando la puerta a mis espaldas. Mi padre se acercó primero, con una mezcla de alivio y tensión en el rostro, como si llevara días preparándose para ese momento.
— Bianca… — dijo en voz baja.
No era un hombre de muchas palabras, eso lo sabía, pero había algo distinto en como lo dijo. Se inclinó ligeramente y apoyó una mano en mi hombro con cierta torpeza, como si no supiera si podía tocarme o no.
— Hola, papá —- respondí.
Mi hermano se quedó un poco más atrás, observando. No me dijo nada al principio. Solo me miraba, con los brazos cruzados, con una expresión que no supe descifrar.
— Menudo susto nos has dado — acabo diciendo, intentando sonar más ligero de lo que realmente estaba.
— Lo sé — murmure.
Otra vez silencio. Otra vez esa sensación de que todo el mundo esperaba algo de mi que yo no sabía dar.
— El médico nos ha dicho que estabas mejor — corto el silencio mi madre. — Que mañana te harán más pruebas, pero que va todo bien.
Asenti lentamente.
— Si, lo sé, me lo ha dicho.
— Y… — mi padre dudo un momento — ¿te duele algo ?
— Un poco todo, pero supongo que es normal. — Respondí, intentando restarle importancia.
Él asintió sin insistir más, aceptando la respuesta. Mi madre se sentó en la butaca gris junto a la cama, sin soltar mi mano en ningún momento, como si en cualquier instante se fuera a desaparecer. Mi padre se quedó de pie, y mi hermano apoyado contra la pared.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, mire hacia la otra butaca. Vacía. Algo en mi pecho se encogió. No sabía que era. No sabia a quien esperaba ver ahí. Pero, por alguna razón, sentía que faltaba alguien.
Desvié la mirada rápidamente, como si ignorarlo fuera a hacer que esa sensación desapareciera.
— ¿Ha venido alguien más? — pregunté, casi sin pensarlo.
Los tres se quedaron en silencio. Fue un silencio breve, pero suficiente para que algo dentro de mi se tensara.
— Bueno…— empezó mi madre dudando— algunas personas han preguntado por ti.
No me conforme con esa respuesta.
—¿Quines? — insisti.
Mi hermano intercambió una mirada rápida con mis padres antes de responder.
— Tus amigos.
Amigos. Asentí despacio, aunque esa palabra tampoco llenaba el hueco. Volví a mirar hacia la butaca vacía, y esa sensación regresó. Aún más fuerte. Como si hubiera alguien que debiera estar ahí y no lo estuviera.
Fruncí ligeramente el ceño, intentando forzar algún recuerdo, alguna imagen, algo que tuviera sentido. Pero no había nada. Solo había una ausencia. Solo ese vacío extraño que no sabía explicar. Y, por primera vez desde que me desperté… me dio miedo no recordar.
Editado: 01.05.2026