Lo que oyen los grillos

Prólogo

Hay historias que empiezan con un momento preciso.
Un día.
Una palabra.
Una mirada.
Pero cuando uno mira atrás después de muchos años, descubre que las historias importantes no comienzan realmente en ese instante. Empiezan mucho antes, en lugares donde todavía no sabíamos que algo estaba a punto de cambiar nuestras vidas.
A veces pienso que todo empezó mucho antes de aquella Navidad en Nueva York.
Antes incluso de conocer a Caroline.
Empezó en los veranos tranquilos de mi infancia, en los días largos donde el mundo parecía sencillo y el futuro no tenía peso. En aquellas noches en las que el campo se llenaba de sonidos y los grillos cantaban entre la hierba como si conocieran secretos que los hombres aún no entendían.
En aquel entonces yo creía que la vida era algo que uno podía construir con esfuerzo y paciencia.
Creía que bastaba con trabajar duro, ser honesto y seguir adelante.
No sabía que el mundo tenía otras reglas.
Reglas invisibles que separaban a las personas mucho antes de que ellas mismas lo comprendieran.
Cuando conocí a Caroline Ford, no pensé en nada de eso.
Solo vi a una muchacha que sonreía como si la ciudad entera fuera demasiado pequeña para contener su alegría.
Y durante un tiempo creí que eso sería suficiente.
Pero los años tienen una forma curiosa de enseñarnos lo que no queremos aprender.
Nos enseñan que algunas personas aparecen en nuestras vidas para quedarse.
Y otras aparecen solo para recordarnos lo que podría haber sido.
Esta no es una historia de tragedias grandiosas ni de héroes.
Es simplemente la historia de dos jóvenes que se encontraron en un momento equivocado del mundo.
Y de cómo, incluso después de muchos años, algunos recuerdos siguen vivos.
Como el sonido de los grillos cuando cae la noche.




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