Lo que oyen los grillos

Primeras veces

Sonaba la música como cada mañana en aquel lugar mustio y sin encanto, pero que sin embargo, cada día a las 10.22 de la mañana, yo entraba por la puerta de aquel local. Llegué a la barra y pedí el café con coñac que siempre pedía, ese día el cielo estaba tapado, a punto de llover incluso se escuchaba cierto ruido de truenos en el horizonte, las vistas desde la butaca en la que estaba sentado; Washington Square Village la gran avenida donde se encontraba el Tony’s Club.

La gente entraba y salía de aquel club donde me encontraba. Yo leía un artículo del New York Times donde decía que aquella noche del 13 de marzo de 1928 el famoso productor de musicales Rudolph Friml presentaba su nuevo musical ‘Los tres mosqueteros’ en el Teatro Apollo, se presentaba como un musical único, con mucha expectación el día del estreno en la gran ciudad que Nueva York era por esa época. En ese mismo instante, un hombre trajeado, de piel blanca que casi relucía, con un bigote sugerente y un atuendo que hacía saber solo con verlo que era un hombre adinerado. Cuando entró todo el mundo se giró hacia él creando una expectación que, en mi opinión, estaba acostumbrado a crearla cada vez que entraba en algún sitio.

Cuando entró se colocó en la barra pidió una cerveza y la atención de todos unos segundos. Aquél hombre empezó a hablar y a explicar el objetivo que tenía, era, tal y como antes había pensado, productor y director del musical que ese día venía en los periódicos, el señor Rudolph estaba allí, sentado a mi lado, me dio un panfleto en el que ponía el reparto, la hora y el lugar del espectáculo… y el precio de los tickets de entrada. Las entradas para ir a ver aquel musical costaban medio dólar en las partes altas y 0.25 dólares aunque aquella noche sólo podían ir las celebridades puesto que se trataba del estreno del musical, el espectáculo para la gente ‘de la calle’ comenzaba al día siguiente.

Cuando el productor se fue del bar, dejando a su paso un tumulto de murmullos de admiración respecto a él y la presentación que había hecho del musical, yo también decidí irme de aquel lugar con la idea de ir a ‘Los tres mosqueteros’ pero primero tenía que solucionar un par asuntos que tenía para aquella mañana.

Cuando llegó la hora de comer, me dirigía a uno de esos restaurantes de comida rápida que habían llegado recientemente y lo que decían era: la revolución de las comidas. Después de comer, todavía con la idea de ir al famoso musical, decidí acercarme por los alrededores del Teatro Apollo para ver qué ambiente se respiraba por allí y para pedir información sobre cómo podía conseguir tickets de entradas para el día de después del estreno.

El tumulto de gente alrededor de las taquillas era increíble, nunca había visto tanta gente agolpada en unas taquillas de un teatro para ver una obra, sin ninguna duda, aquél hombre sabía cómo promocionar su trabajo, y por lo visto, había conseguido su objetivo.

Me abrí paso entre la multitud, niños con sus abuelos, parejas, incluso había venido gente de otros estados para asistir al teatro durante toda esa semana que estaría en Nueva York. Cuando conseguí llegar a la taquilla ya se habían cerrado, el cartel de no quedan entradas estaba colgado en la pared y hasta dos días más tarde así que, decidí irme para casa a esperar a tener la oportunidad de conseguir una entrada.

Cuando llegó la hora de la cena, Frank y yo fuimos a cenar a un restaurante nuevo que habían puesto justo en la esquina de casa. Yo pedí para cenar un trozo de salmón ahumado con una salsa verde que, según ponía en la carta, era la especialidad de la casa, Frank se pidió un plato de pasta italiana.

En el restaurante y en la calle la gente no hablaba de otra cosa, el famoso musical había llegado con mucha fuerza a la ciudad. En la televisión del restaurante había salido un anuncio del musical.

En el anuncio salía un hombre, alto con el pelo largo y una barba arreglada con perilla, se hacía llamar Dartagnan, supuse que era el protagonista principal del musical, de repente cambió la escena del anuncio, de una neblina blanca salió una mujer. Aquella mujer con aquella presentación me había quitado las ganas de seguir con la cena. Una sensación, como que se me encogía el estómago me embargó y un escalofrío me recorrió desde los pies hasta el último pelo de mi cabeza. Allí estaba ella, con un vestido azul oscuro, con un cuello de camisa blanco y un corsé de color negro que le cubria desde más arriba de sus caderas hasta más abajo de sus pechos, tenía el cuerpo más espectacular que jamás había visto, llevaba un pelo a media melena y era de color oscuro pero sin llegar a negro, su piel era morena con un bronceado perfecto, no tenía ningún fallo y debía tener la textura más suave del universo. Su cara era bonita, con una nariz pequeña y unos labios que desprendían un fuego que nunca había detectado al ver otros labios.

De repente un golpe en la mesa me devolvió a la realidad, era el camarero ya que Frank había pedido la cuenta de la cena, pagamos y nos fuimos. Era ya de madrugada y hacía un poco de frío en la calle así que decidimos irnos cada uno a nuestra casa para descansar porque al día siguiente teníamos que ir a trabajar.

Cuando volvía a casa por Washington Square Village pasaron varios coches negros seguidos, según parecía debían ser de una gama alta, un rato después llegué al portal de casa, me dispuse a subir las escaleras, entré a casa, me quité los zapatos y me tiré en la cama rendido y pensando todavía en aquella mujer que había visto en el anuncio del musical…




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