Lo que oyen los grillos

Sueños

Habían pasado algunos días desde que empecé a intentar conseguir alguna entrada para el musical. Era Diciembre y las navidades estaban a punto de llegar, el frío intenso del invierno había llegado a la ciudad de Nueva York y las tiendas empezaban a decorar los escaparates con los adornos típicos de navidad.
Ese día, acababa de salir del trabajo y me dirigía al Tony’s Club para comer algo antes de volver a entrar por la tarde. Llegué y entré al local. Estaba abarrotado de gente, nunca lo había visto tan lleno desde que frecuentaba aquel sitio. Me acerqué a la barra y llamé a Adrienne, una de las camareras del club y le dije que, por favor, me llevase a la mesa el menú del día. Caminé hacia la mesa donde iba a comer y cogí un número del New York Times para saber que nuevas noticias se habían sucedido ese día y durante casi la semana entera que llevaba sin escuchar ni leer ninguna noticia de ningún medio.
La portada del diario reflejaba lo siguiente: ‘Los especialistas avisan; la economía caerá’. Al leer aquello nada me sorprendió, de hecho, pensé que, respecto a la economía, nada podía ir peor, no tenía dinero mas que para comer cada día y el trabajo últimamente estaba empezando a escasear en aquella ciudad.
Antes de terminar de leer el artículo que venía debajo de la portada ya había llegado Adrienne con lo que le había pedido. Una especie de pasta, que según decían, venía de Italia, es lo que había dentro del plato del día. Según me dijo Adrienne se llamaba algo así como ‘raviolis’ o algo por el estilo, pero en realidad no tenía ni idea de lo que estaba comiendo, eso sí, estaba delicioso.
Terminé el plato de comida, eran casi las 3 de la tarde así que, salí del club y me dirigí de nuevo hasta el final del Washington Square, donde trabajaba.
Llegué a la puerta de la obra, en frente mío, el edificio que llevábamos más de un año construyendo y que le quedaban pocos días para acabar de hacerlo.
Cuando entré a la obra como cada tarde después de comer, me quedé asombrado totalmente por lo que vi, todos los obreros que trabajaban en la construcción de aquel edificio estaban agolpados entre gritos, insultos y demás palabras bastante malsonantes. Le pregunté a Valerio, un italiano que había llegado hacía 4 años a América huyendo de la dictadura de Mussolini después de perder a toda su familia. Me dijo que las cosas se estaban poniendo feas, que el trabajo en aquel lugar se acababa y que, a parte, de no dar más trabajo, los mayorales habían dicho hacía escasos momentos que el último mes de trabajo no podía pagárnoslo a causa de la quiebra de la empresa para la que trabajábamos y, la cual, nos pagaba.
Cuando escuché aquello, me acordé de lo que ponía en la portada del New York Times aquel día y después pensé que si, de hecho, las cosas podían ser mucho peores de lo que ya lo eran y que las navidades que me esperaban en aquél 1928 no iban a ser mucho mejores.
Llegué al apartamento por la noche, estaba muy cansado y no deseaba nada más en el mundo que darme una ducha e irme a la cama a descansar.
Cuando salí del baño, me dirigía a mi cuarto a ponerme el pijama cuando me acordé de que no había mirado el buzón antes de subir a casa, así que, bajé las escaleras y lo miré. Había solo una carta, la cual cosa me sorprendió, porque últimamente siempre llegaba mucha publicidad pero aquella no lo era. Abrí la carta que, escrita a mano, contenía lo siguiente:
‘’ Querido John Smith,
Por la presente le informo de que, como bien habrá escuchado y visto estos días pasados, el pago del último mes de trabajo de todos los trabajadores ha quedado suspendido, dado el mal momento que en el que se encuentra nuestra empresa. También le informo de que no habrá continuidad laboral para ningún trabajador que ha participado todos estos años en nuestros proyectos. Le deseo toda la buena suerte del mundo para el futuro que se nos aproxima y, si bien pudiera ser, una feliz Navidad para usted y todos los suyos.
El mayoral, Jack Ford ‘’
Al leer esto, noté como mi cabeza me decía que por hoy no podía más, así que, tiré la carta a la basura, caminé por el pasillo hasta mi habitación, me metí en la cama e intenté dormir y olvidarme, al menos durante la noche, de todas las preocupaciones que me rondaban y que me habían ido llegando durante todo el día.
Cuando entré a trabajar al día siguiente, no se notaba un ambiente de tensión, ni de enfado, ni siquiera de violencia, se notaba un ambiente de tristeza generalizada en el rostro de todos, tristeza al pensar que tenías que dejar un trabajo que tenías fijo sin saber que sería de ti a partir de ahora y lo más importante, sin saber que sería del montón de familias de los muchos trabajadores a partir de ese momento, sabiendo que, o tenías un golpe de suerte, o lo tenías que dejar todo en busca de algo nuevo que te permitiese vivir.
Creo que ese fue uno de los peores viernes de mi vida, aunque no el peor. Atrás quedaban esos viernes en los que todos los trabajadores nos íbamos a un bar a tomar cervezas para celebrar que llegaba el fin de semana, ese no. La obra estaba acabada totalmente y al final de la jornada todos nos despedimos de todos, esas personas con las que habíamos pasado los últimos 4 años no se me iban a borrar nunca de la cabeza, aunque ahora tocaba asumir lo ocurrido y comenzar una vida nueva, todavía sin saber si iba a ser allí o lejos de Nueva York.
Llegó el lunes, yo ya estaba sin trabajo, al poco rato de desayunar, un par de tostadas frías que quedaban del día anterior, sonó el teléfono de mi apartamento, lo cogí y al otro lado estaba tía Jenna.
Jenna era hermana de mi madre y la que, junto a mi abuelo, me había cuidado la mayor parte de mi vida después del accidente de la fábrica donde perdí a mis padres. Tía Jenna me propuso ir a su casa al distrito de Manhattan el día de Navidad, como cada año. Yo acepté, puesto que era lo mejor que me había pasado en las últimas tres o cuatro semanas.
Ese lunes fui a comer al Tony’s Club con Frank. Mientras comíamos íbamos hablando de la situación en lo que al trabajo respectaba pero hubo un momento en que desconecté totalmente de la conversación. Al ver un cartel del famoso musical, me vino a la cabeza el sueño que había tenido esa noche y en el que aparecía la chica de dicha obra.
Ella estaba en medio de un campo de trigo, sentada, con un vestido blanco que brillaba aún más con el sol. Entonces yo llegaba, me sentaba a su lado y empezábamos a hablar. Su pelo se movía con el viento acompañando aquellos cabellos ondulados a dejar al descubierto su cuello. Era un cuello largo, pero no en exceso, un cuello que al mirarlo producía algo en mí, le miraba a los ojos, marrones oscuros, a veces, con el reflejo del sol se tornaban de un verde que tenía tonos de marrón entre medio y por último sus labios, los miraba mientras me hablaba, nunca en mi vida había visto unos labios que desprendiesen ese fuego y me produjesen esas ganas de besarlos, entonces le ponía un dedo en la boca para callarla, le cogía la cara con las dos manos notando su piel suave como la de un recién nacido y la besaba, un beso que nunca llegué a sentir porque me desperté.
Estaba empapado en sudor, temblando y el corazón latía en mi pecho como nunca lo había hecho antes con nada, pero sabía que ese temblor y ese sudor no era producido por ninguna cosa mala como otras veces me había pasado, sabía que ese temblor lo tenía porque realmente me moría por dentro por tener la oportunidad de besar aquellos labios.
Cuando terminamos de comer y digiriendo los postres todavía, Frank y yo nos dirigimos a la sala de juegos del barrio de Manhattan, en ella había poca gente porque solo eran las cuatro de la tarde y la gente normal en aquellas horas estaba trabajando. Jugamos un rato al póquer y entre el y yo nos ganamos unos 20 dólares que era poco dinero, pero de alguna ayuda nos serviría. Frank y yo llevábamos jugando al póquer desde que éramos niños pequeños, no sabíamos por qué pero siempre nos había apasionado ese juego de cartas y, aunque esté mal decirlo, se nos daba bastante bien supongo que fruto de los años que llevábamos jugando.
Eran aproximadamente las 8 de la tarde cuando me despedí de Frank porque debía ir a casa para poner algo de ropa en una maleta vieja (meter un par o tres de mudas) para instalarme en casa de tía Jenna que antes de salir a comer con Frank me volvió a llamar al teléfono y me dijo que si quería podía ir ya a su casa y no hacía falta esperar al día de Navidad.
En la maleta metí cuatro pares de calcetines, tres camisas, dos pantalones y tres mudas de ropa interior, en verdad, no quedó nada en mis cajones ya que era la única ropa de la que disponía desde hacía ya unos años. Cogí la maleta le eché las llaves a la puerta y bajé las escaleras del bloque, después de mantener una larga y entretenida conversación con el portero comencé a caminar hacia Manhattan.
Mientras caminaba por la acera iba observando los escaparates de las tiendas, todo estaba decorado ya con los adornos de navidad, la nieve hacía muchos días que había llegado a la ciudad de Nueva York y hacía un frío seco que se te metía por todo el cuerpo, la gente caminaba por la acera contándose sus diferentes historias: Si si, recortes de personal, según decían por allí – le explicaba un hombre a otro.
Dos niños jugaban con la nieve de las aceras, al parecer eran niños que no tenían casa ni familia. Siempre que pasaba por al lado de alguno de ellos me sentía afortunado de mi situación, aunque era mala, sabía que pasaría una Navidad mejor que ellos. Eso me entristecía. Una manzana antes de llegar a casa de tía Jenna, un coche pasó a toda pastilla al lado de la acera pisando un charco y mojando de arriba abajo a todos los que por la acera íbamos andando en ese momento.
Cuando llegué a casa de tía Jenna lo primero que dijo fue:
Tienes un aspecto horrible hijo mío, anda, date un baño calentito y te aviso para cenar - a lo cual respondí que sí con gran alegría ya que hacía tiempo que no me metía en una bañera, me conformaba con la ducha de agua tibia que tenía en casa.
Tía Jenna era una mujer de una estatura media, con los ojos muy redondos y un poco salidos para afuera, no tenía unos rasgos que impresionasen a cualquier hombre que pasase por al lado de ella ni que dejasen entrever la gran belleza que le había acompañado siempre en su juventud, aunque con los años había perdido todos aquellos atributos que Dios le había dado.
Lo que no había perdido era la suerte que había tenido toda su vida, primero se casó con un millonario que tenía una gran casa en el barrio de Hoboken, al separarse le pertenecía el 50% de todo su capital y luego se casó con un famoso arquitecto que viajó por toda Europa haciendo fortuna e hizo la misma jugada que con el primero. A pesad de su dinero, tía Jenna nunca había sido una mujer que se hiciese notar por sus poderes adquisitivos, probablemente tenía más dinero que todo el distrito de Manhattan junto pero nadie sabía lo más mínimo de eso.
Estaba casi dormido en la bañera que me había preparado tía Jenna cuando la puerta sonó, era Jenna llamándome para cenar, eran aproximadamente las nueve y media de la noche. Cuando salí al salón me quedé fascinado, nunca había visto tanta comida junta, al menos no en los últimos 6 o 7 años, cualquiera que hubiese llegado allí hubiese creído que la cena era para una familia entera y en realidad, así era, ella era la única familia que tenía en Nueva York.
Había una fuente llena de sopa caliente en el centro de la mesa. La sopa estaba deliciosa, era de marisco y el sabor que dejaba en el caldo la mezcla de gambas, mejillones y almejas era lo que más me fascinaba si de lo que hablábamos era de sopas. De segundo Jenna sacó dos platos llenos de carne de cordero, la carne de cordero era extremadamente cara pero cuando probé el primer bocado de esa carne tan jugosa y tan tierna supe por qué el cordero era tan caro.
Durante la cena Jenna y yo charlamos mucho, sobre el pasado (incluso llegamos a llorar juntos), hablamos sobre el presente también y me dijo que tenía una pequeña sorpresa para mí, al escuchar aquello mi corazón se aceleró y un sentimiento de impaciencia se apoderó de mi, para el dia de Navidad, claro está – prosiguió después.
No me quedaba más remedio, desde pequeño aprendí que a tía Jenna no se le podía persuadir con nada porque si ella no quería, no soltaría prenda.
Aquella noche estaba especialmente cansado, aunque no había hecho gran esfuerzo durante todo el día, pero la noche anterior no había podido dormir muy bien, ya hacía tiempo que padecía de insomnio, nunca supe por qué me empezó a pasar, solo sabía que algunas noches me las pasaba en vela incluso llegué a pasar varios días seguidos sin dormir.
Me fui a la cama unas dos horas después de haber cenado, las cuales aprovechamos para charlar más porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Antes de dormirme tía Jenna me sirvió un vaso de leche con miel, que según ella, decía que me iría bien para dormir, le di las gracias, me lo tomé y apagué la luz dispuesto a dejar descansar mi cuerpo mientras escuchaba el ruido de los coches que pasaban por la calle, cada vez en menor cantidad, cada vez mas lejos de Washington Square, de mi cuerpo, de mis oídos…




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