Por las calles de Nueva York no se veía otra cosa. La nieve cubría las aceras, los coches y los tejados de las casas a la vez que servía de entretenimiento para todos los niños en el día de navidad. Desde la ventana de mi habitación de casa de tía Jenna podía observar como decenas de niños jugaban con los trineos por el medio de las calles que en días normales habrían estado llenas de coches pero que en aquel día de navidad y por causa del hielo no podían circular.
Eran alrededor de las 10 de la mañana cuando me desperté, el cielo estaba cubierto pero al contrario que otras veces las nubes no eran negras sino que tenían un color casi más blanco que el de la misma nieve. Desde la habitación ya se podía percibir el olor a café y tostadas que Jenna había preparado. Fui al lavabo antes de bajar al comedor, me lavé la cara y me dispuse a bajar las escaleras cuando yendo aproximadamente a mitad de las escaleras se oyó un grito:
¡FELIZ NAVIDAD CARIÑO! – gritó tía Jenna con toda la energía que tenía en su cuerpo.
Solo pisar el suelo del comedor me agarró de cuello y me dio decenas de besos alrededor de toda la cara y otros tantos abrazos. Después de todo el ajetreo sucedido en apenas treinta segundos ayudé a Jenna a trasladar las tostadas y el café de la cocina hacia el comedor y nos pusimos a desayunar. Apenas habían transcurrido unos dos minutos desde que empezamos a desayunar cuando no pude resistir más y le sugerí (aunque admito que más bien le exigí) que me dijera de una vez cual era aquella sorpresa o regalo o como demonios lo quisiese llamar que me llevaba comiendo la cabeza desde el día que llegué a su casa. Estuvimos charlando sobre el tema un buen rato incluso acabado el desayuno y ella lo único que hacía era sonreír con cara de misterio hasta que llegó el momento.
Verás John, esta navidad no la vamos a pasar aquí, en esta casa, sino que esta noche estamos invitados a la casa de un muy buen amigo mío que tengo desde hace muchísimos años y que me ha propuesto de ir a cenar a su casa con él y con su hija – me explicó tía Jenna.
Debes saber hijo, que a la casa a la cual vamos esta noche a cenar, es una casa muy decente y de gente de muy alta clase social – prosiguió – pero no creas que esto te lo digo como una amenaza – dijo con una gran sonrisa – creo que te gustará conocer a su hija.
Siguió explicándome cosas de esa casa durante muchísimo rato, la conocía como si fuese la suya propia al igual que a la chica que era la hija de su amigo. Todo era muy raro porque por más que insistí en que me dijese el nombre de su amigo no soltó prenda y, como siempre, al final dejé de insistir porque sabía de lo terca que era mi tía.
Pero tía – dije yo – si esa casa es de tan alta clase… ¿Cómo se supone que me tengo que presentar ahí?, apenas tengo ropa decente para ir a cualquier bar.
Me he tomado la molestia de comprarte, algunas prendas de ropa que creo que serán de tu agrado – respondió.
Después de dirigirme estas palabras tía Jenna me dijo que me esperara en el comedor a que ella volviese y se metió a su habitación. Cuando salío a los pocos minutos de haber entrado, llevaba consigo un gran traje de gala, los acabados eran prácticamente perfectos. El traje consistía en una chaqueta oscura con unos pantalones y un sombrero a juego, a parte, también había comprado una camisa blanca y una pajarita. Me quedé atónito ante semejante prenda de ropa. Se veía que era de gran calidad, prendas de ropa así solo había visto en los escaparates de las tiendas en las cuales nunca se me hubiese ocurrido entrar ni siquiera para pedir el precio. Estaba fascinado, acariciaba el suave tacto de la chaqueta sin poderme creer todavía lo que tenía entre mis manos, no sabía que decir porque a penas me salía la voz del cuerpo.
Esos momentos de fascinación los rompió la voz de Jenna diciendo: Feliz Navidad hijo, vamos ¿me vas a abrazar o te vas a quedar pasmado todo el día?
Le di el mayor abrazo que se le puede dar nunca a una persona y le agradecí tanto el regalo que hasta amenazó con quitármelo de las manos si seguía agradeciéndole todo.
Por la tarde después de comer tía Jenna y yo salimos de casa para ir a pasear por las diferentes calles de Nueva York que, sin haber viajado nunca, me atrevería a decir que son las más bonitas del mundo en época navideña. Todo estaba lleno de adornos navideños, las casas se veían desde fuera cada una con el árbol decorado con bolas de colores y la estrella arriba del todo, una feria de objetos navideños había alrededor de una plaza cercana a casa de tía Jenna y allí se nos murió la tarde. Ya de vuelta a casa no podíamos perder tiempo porque a las 22.00 teníamos que estar en casa del ‘misterioso amigo’ de la tía así que teníamos que ir rápido a vestirnos y prepararnos para la noche.