Llevábamos al menos veinte minutos de viaje y todavía no llegábamos a la casa en la cual aquella noche de navidad íbamos a cenar tía Jenna y yo. La noche se presentaba muy fría y me volvían a venir a la mente aquellos niños sin familia que se veían todos los días por las calles que aquella noche tan especial para todo el mundo la iban a pasar en la calle, a la intemperie y helados de frío. Desde el coche se veían las diferentes placas de hielo que había a los dos lados de la carretera y que gracias a la acción de las quitanieves no se extendían hacia la calzada. Los cristales del coche se empañaban hasta el punto que a penas se podía ver la carretera y tía Jenna no paraba de limpiarlos con la manga de su chaqueta. Mis pies estaban tremendamente fríos al igual que mi nariz que, a pesar de no vérmela, tenía la ligera sensación de que estaría roja.
A lo largo de todo el viaje hacia la casa tía Jenna y yo no hablamos absolutamente de nada, cosa que me parecía muy rara porque, a mí, el silencio cuando estas con alguien no me resultaba nada incómodo, al contrario, me parecía hasta relajante, pero tía Jenna acostumbraba a no poder estar callada cuando se encontraba con alguien, de hecho, incluso en las colas del hospital o de las tiendas hablaba con gente que no había visto nunca en su vida y que probablemente no volvería a ver pero Jenna siempre se había caracterizado por no poder estar más de diez segundos callada.
Después de una media hora de viaje y un buen puñado de kilómetros a nuestras espaldas llegamos a la casa. Aquella casa era simplemente enorme, una mansión, un castillo, ni siquiera yo, que llevaba años trabajando en la obra había visto jamás, ni siquiera imaginar, una construcción tan grande. La entrada a la casa estaba compuesta de una puerta de barrotes de unos cuatro metros de alta y con puntas afiladas en lo mas alto, la casa estaba rodeada de una gran muralla que acotaba todo el perímetro del terreno que ocupaba y tenía un enorme jardín con todo tipo de plantas y árboles que se pudiese imaginar. La estampa era preciosa, una casa enorme con un gran jardín recubierto por la nieve que había caído días atrás pero… ¿De quién podría ser semejante posesión?
Después de que tía Jenna diese unos golpes en la puerta de barrotes alguien salió de la casa. Al igual que la amiga de tía Jenna, y sin sorprenderme lo mas mínimo, el dueño de aquella casa tenía criados a su servicio y uno de ellos fue el que salió para abrirnos la puerta. En mi interior se desarrollaba un sentimiento de impaciencia a cada metro que avanzábamos con el coche al igual que aumentaba el tamaño de aquella casa. Llegamos a una especie de aparcamiento que se encontraba en la parte de atrás de la casa y nos bajamos del coche.
Buenas noches señora Smith, acompáñenme por favor – dijo el mayordomo.
Nos condujo hasta el vestíbulo de la casa. Al entrar allí, una gran sensación de inferioridad se te metía en el cuerpo de la grandeza de la casa, un pequeño recibidor se encontraba nada más entrar seguido de un gran vestíbulo. En este vestíbulo había diferentes puertas que daban a diferentes salas, las paredes estaban decoradas con grandes cuadros, probablemente de miembros de la familia del dueño de aquel hogar. Me llamó la atención especialmente uno de los cuadros ya que la cara del personaje que salía en él me recordaba a alguien pero, a pesar de la rabia que aquello me producía, no conseguía acordarme a quién.
¡Pero qué ven mis ojos! – exclamó de repente una voz detrás nuestro.
Un tremendo escalofrío me recorrió el cuerpo al escuchar aquella voz a la vez que una taquicardia se apoderaba de mi corazón cada milésima de segundo que pasaba antes de darme la vuelta. Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo, era él, ahí estaba el hombre de la foto de tía Jenna, el hombre que tanto me hacía recordar a alguien en el cuadro que decoraba el vestíbulo de aquella casa, el famoso J.F.
Jack Ford apareció por aquella puerta que daba al gran comedor, en efecto, mi antiguo jefe, el hombre para el que había estado trabajando desde el primer momento en que había comenzado a trabajar era amigo íntimo de mi tía y ahora estaba invitado a su casa en la cena de navidad.
¿John? – preguntó incrédulo Jack al verme junto a mi tía.
Señor – respondí con respeto – nunca hubiera imaginado que usted era amigo de mi tía.
Oh, vamos John, ¿qué es eso de señor?, estamos en familia, llámame Jack por favor. Y ¿qué hay de ti Jenna? Estás guapísima, ¿cómo haces para que no pasen los años por ti? – dijo Jack con clara muestra de alegría al vernos allí.
Vamos, pasad al comedor, mi hija Caroline está acabando de arreglarse, de hecho, estaba muy ilusionada con la visita, ya te echaba de menos Jenna.
Atravesamos todo el gran vestíbulo hasta llegar a la puerta que daba a aquel gran comedor. Los pomos de las puertas y los acabados de las mismas eran impresionantes. Estaban hechas de madera, probablemente de la más cara que hubiese en el mercado hasta esa fecha y los pomos de las puertas eran de oro, incluso los mayordomos llevaban guantes para abrir las puertas ya que no podían ser tocadas directamente con las manos. Aquel hombre tenía una fortuna colosal.
Una vez pasado el vestíbulo entramos al gran comedor. Una gran chimenea con una potente lumbre presidía la gran habitación. Estaba decorado con diferentes cabezas de animales probablemente cazados por Jack y disecados posteriormente. Aquél sitio, por alguna razón que no conocía realmente, me producía escalofríos, probablemente porque nunca había sido muy amigo de la caza ni de los animales disecados. Pero dejando a parte el detalle de los animales el comedor era increíble, grandes y modernos muebles lo decoraban siguiendo con la decoración de cuadros que ya había en el vestíbulo. Había un gran sofá en una de las esquinas de la sala y en medio, debajo de una enorme cúpula de cristal que te permitía ver el cielo mientras estabas sentado en la mesa. Mi tía no paraba de sonreír mientras mi cara debía de ser absolutamente de asombro.
En ese preciso instante la puerta de detrás de nosotros se abrió. ¡Caroline, hija! – Exclamó Jack – ya estabas haciendo esperar a nuestros invitados.
Lo siento papá, solo me estaba preparando – dijo ella con una delicada sonrisa.
Mi corazón estaba totalmente desbocado, sudaba como si hubiese corrido una maratón entera y a la vez que notaba el sudor se iba helando. Sentía como las piernas me temblaban y las manos se me congelaban como si estuviese en pleno polo norte. Mis mejillas se ruborizaban a la vez que Caroline se iba acercando hacia mi tía y a mí. Ella era increíble, exactamente como la había soñado y como la primera vez que la vi. Ahí estaba ella con sus cabellos ondulados y su piel morena pero sin exceso. Estaba preciosa, de nuevo esos labios, ahora cerca de mí, como en el sueño, los llevaba pintados de rojo, sus ojos con una ligera sombra que hacía resaltar más aún los pequeños tonos de verde incrustados entre el marrón. Eran unos ojos grandes, que se te clavaban en el alma cuando te miraba.
Ella se acercó a nosotros, primero a mi tía, se saludaron como si se conociesen de toda la vida (y llegados a este punto no me extrañaría nada), después se colocó frente a mí. Me era casi imposible mantenerme sereno, sentía como hasta la punta de mis dedos me temblaba.
Y tú eres… - preguntó Caroline.
So... soy John, me llamo John vaya... Si, eso, John, John Smith – dije yo tartamudeando con sus ojos clavados en los míos. Estaba muy seguro de que ella estaba notando lo nervioso que estaba y aún más el rubor que mi cara presentaba.
Yo soy Caroline, Caroline Ford – dijo ella serena y saludándome cordialmente dándome la mano.
Era la mano más suave que había tocado jamás, tal y como se podía prever al mirarla su piel era como un vestido de seda nuevo.
Mientras yo seguía en mi asombro, Jack nos ofreció algo de bebida para empezar a sentarnos en la mesa y empezar la cena. Se trataba de un vino tinto español, de la mejor cosecha de aquel año. Nos sentamos en la mesa mientras íbamos charlando, bueno, en realidad los únicos que charlaban eran tía Jenna y Jack. Caroline estaba sentada en frente mío. Apenas tenía valor para levantar la vista del mantel, no sabía qué pensar, qué decir… La verdad es que aquél era el mejor regalo de navidad que me habían hecho jamás. Solo con su presencia me sentía diferente. Yo levantaba la cabeza de vez en cuando y después de dar un repaso a toda la habitación, meramente rutinario y tomado como excusa para no estarme quieto y sin hacer nada, hasta acabar en sus ojos. No podía resistir la tentación de mirarlos junto a sus labios y cuando llevaba apenas tres segundos mirándolos ella se daba cuenta y los dos bajábamos la vista aunque en realidad yo no dejaba de mirarla y veía como el color moreno de su piel se mezclaba con el tono rojizo de su timidez al notar que la miraba.
A penas pasaron diez minutos desde que estábamos sentados hasta que el primer plato de la cena apareció traído de la mano de uno de los criados del señor Ford…
Una gran noche de navidad pasó ante nosotros como una estrella fugaz donde el punto en el que más se veía se correspondía con el momento en que Caroline y yo mantuvimos nuestra primera conversación.
Eran más de las tres de la mañana cuando tía Jenna y yo salíamos de aquella casa hacia el coche para volver a casa. Yo tenía la sensación de no saber quien era. No se me iba en ningún momento de la cabeza la conversación de después de la cena. Fue como si de repente los dos hubiésemos decidido dejar a un lado nuestra vergüenza y entablar conversación. Mientras Jack había invitado a tía Jenna a dar una vuelta por la casa para enseñarle unas nuevas habitaciones que había instalado, Caroline y yo nos sentamos en el sofá que había al lado de la chimenea y nuestra conversación fue de menos a más. Hablamos de muchas cosas, ella empatizaba conmigo sobre el tema del trabajo porque sabía de la situación y yo le decía que no pasaba nada que solo se trataba de buscar para poder encontrar un trabajo medianamente bueno. También hablamos sobre lo diferente que había sido la niñez en cada uno de nosotros. Ella me contaba que antes de fallecer su madre siempre había montado a caballo y que era lo que más amaba en el mundo, también le encantaba ir a Central Park a dar de comer a los patos o simplemente escaparse las dos al campo para respirar aire puro, pero que desde que ella había muerto todo eso lo había perdido y no culpaba de ello a su padre porque sabía que él siempre había estado muy ocupado por su trabajo pero al hablar de ello los ojos le brillaban como puede brillar la más hermosa estrella vista desde un prado oscuro incluso le llegó a caer alguna lágrima y en aquel momento surgió la llama. Impulsivamente la abracé de manera que hasta el mismo momento en que la tenía entre mis brazos no fui capaz de saber lo que en realidad estaba pasando. Al principio fue como sorprendente pero pasado un instante ella se apretó contra mí soltando un leve gemido hasta que nos separamos, yo le sequé con mi propio dedo la lágrima que caía de su ojo derecho y le dije que todo iba a estar bien a partir de ahora y que admiraba lo fuerte que había sido para criarse sin tener lo más importante en la vida que era una madre.
¿Y tú como sabes lo fuerte que yo he llegado a ser? Me acabas de conocer – dijo con una leve sonrisa mezclada aun con el tono del llanto.
Porque yo también perdí a mis padres cuando tenía siete años y, ¿te confieso una cosa Caroline?, todavía por las noches añoro el típico abrazo maternal que cuando eres pequeño no valoras y a medida que creces vas echando de menos como la cosa más preciada – respondí mientras le acariciaba una mejilla.
Tía Jenna y yo nos despedimos del señor Ford y de Caroline. Espero que nos volvamos a ver pronto hijo, cuida de tu tía – dijo Jack al despedirse de mi.
Vamos Jack, todavía estoy en plenas facultades, no soy una vieja pocha – contestó sonriendo tía Jenna. Nos montamos en el coche y el mismo Jack nos abrió la puerta de reja para poder salir de la casa.
Durante todo el viaje hubo un extraño ambiente en el coche. Gracias – dije en un momento dado.
¿Gracias?, ¿qué he hecho? – pregunto extrañada tía Jenna.
Vamos tía, tú lo sabías, todavía no me explico cómo, pero lo sabías. He de admitirte que me esperaba cualquier cosa menos lo que ha pasado esta noche. Ha sido maravilloso, sus ojos mirándome, sus brazos en contacto con mi piel. Ha sido lo más maravilloso de mi vida, gracias de nuevo – contesté a tía Jenna.
Espero que hayas aprovechado tu oportunidad John, ella es una chica estupenda y creo que perfecta para ti, además, ¿crees que no me fijé como la mirabas cuando fuimos a pasar la tarde a casa de Amanda? – dijo tía Jenna mientras yo me enrojecía por lo que había dicho.
Llegamos a casa después de estar buscando aparcamiento durante unos quince minutos aproximadamente. Los dos estábamos cansados y nos fuimos hacia nuestras habitaciones al poco de llegar. Me estaba quitando la chaqueta del traje que tía Jenna me había regalado cuando un pequeño papel salió de uno de los bolsillos. Extrañado porque no recordaba haberme metido ningún papel al bolsillo lo cogí del suelo y lo leí:
Gracias por todo lo de esta noche, me gustaría que no perdiéramos el contacto, escríbeme aquí:
Hewitt Ave, 534, Sunnyside
Saludos, Caroline Ford.
Creo que aquella noche fue la que más feliz me iba a dormir, seguro que podría conciliar el sueño, estaba agotado tanto física como mentalmente y muy ansioso de saber que es lo que me depararía el futuro a partir de aquel momento.