Lo que oyen los grillos

Ángel

Habían pasado algunos días desde todo lo acontecido en la noche de navidad. Era 29 de Diciembre y había quedado con Frank para ir a tomar un buen chocolate caliente al Tony’s Club. Allí nos reencontramos con viejos amigos que hacía muchísimo tiempo que no veíamos, ya que eran compañeros de trabajo y todos o casi todos lo habíamos perdido por la mala situación económica.

Pasamos toda la tarde jugando al póquer con ellos y contándonos diferentes historias que nos habían ido ocurriendo en todos los días que habíamos estado sin vernos. Unos contaban que ya tenían preparado el viaje hacia Europa donde, según habían oído, la crisis económica no había afectado tanto como en América. Otros contaban que gracias a familiares habían encontrado trabajo en la misma ciudad de Nueva York y su situación comenzaba de nuevo a estabilizarse.

Cuando dieron las siete de la tarde, Frank y yo decidimos irnos de aquél lugar. Horas antes, cuando llegamos al Tony’s Club, yo le había dicho a Frank que tenía que contarle una cosa. Me sentía inseguro, porque no sabía si contárselo o no ya que yo siempre había sido muy reservado en mis cosas personales aunque a él siempre terminaba contándoselo todo, de manera que aquella vez no sería para menos y fuimos a un parque que había por el barrio.

Verás… Te voy a explicar algo que me ocurrió la noche de navidad – balbuceé.

¿Qué?, vamos John habla claro, ¿qué me tienes que contar? ¿qué pasó?, vamos me tienes intrigado desde que llegamos al Club – dijo Frank impaciente.

-¿Recuerdas aquella chica que vimos en el anuncio del teatro?, ¿aquella con la que me quedaba embelesado cuando fuimos a comer?, ¿aquella con la que soñé antes de mudarme a la casa de mi tía?...

-Si, si, ¡SI!, vamos John suéltalo

-Bien, una mañana en casa de mi tía, después de desayunar ella se fue por ahí a comprar unas cosas para la comida del mediodía. Yo, rebuscando por entre las cosas de mi tía encontré una foto en la cual salía ella con un hombre, un hombre el cual me recordaba mucho a alguien pero no sabía a quién. Aquella noche, antes de irme a dormir cuando me quité los pantalones para ponerme mi pijama la foto cayó, y me di cuenta que detrás de la foto había una dedicatoria de un tal J.F. Previamente, mi tía me había dado la noticia de que en la noche de navidad iríamos a la casa de un muy buen amigo suyo que nos había invitado. Llegó el día de la cena y llegamos a aquella casa enorme y… ¿Quién era el hombre de la foto y el misterioso amigo de mi tía?

-Pues si no me lo dices nunca lo podré saber.

-J.F. Jack Ford.

Al oír aquel nombre Frank se quedó con el gesto desencajado.

Durante unos segundos no dijo absolutamente nada. Se limitaba a mirarme como si estuviese intentando averiguar si aquello era una broma o si realmente hablaba en serio.

—¿Jack Ford? —repitió finalmente.

—Sí.

—¿El mismo Jack Ford que nos dejó sin trabajo hace apenas unas semanas?

—El mismo.

Frank soltó un silbido largo y se llevó las manos a la cabeza.

—Madre de Dios, John… —dijo caminando de un lado a otro del pequeño sendero del parque—. Esto es… esto es…

—Complicado —terminé yo la frase.

Se detuvo frente a mí.

—Complicado no. Esto es una locura.

El viento frío de finales de diciembre soplaba entre los árboles desnudos del parque. La nieve acumulada en los bancos empezaba a endurecerse con el hielo de la noche.

Frank se sentó a mi lado.

—Explícame una cosa —dijo finalmente—. ¿Ella sabe quién eres?

—Claro que lo sabe.

—No me refiero a eso. Quiero decir… ¿sabe que eres un obrero sin trabajo? ¿Que hace un mes trabajabas en una obra que era propiedad de su propio padre?

Lo pensé durante un instante.

—Sí.

Frank me miró con una mezcla de sorpresa y respeto.

—Y aun así te dejó esto.

Señaló el pequeño papel que yo seguía sosteniendo entre los dedos.

—Sí.

Hubo un momento de silencio.

—Entonces no lo estropees —dijo Frank finalmente.

—¿Estropear qué?

—Lo que sea que esté empezando ahí.

No respondí. Miraba la dirección escrita en el papel como si fuese el mapa hacia un lugar que jamás había pensado visitar.

—¿Vas a escribirle? —preguntó Frank.

Tardé unos segundos en contestar.

—Sí.

—Pues entonces hazlo pronto.

—¿Por qué?

Frank se levantó del banco.

—Porque si tardas demasiado empezarás a pensar demasiado… y cuando uno piensa demasiado en estas cosas, siempre termina encontrando una excusa para no hacerlo.




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