Lo que oyen los grillos

Central Park

El domingo llegó demasiado rápido.
El cielo estaba cubierto por una ligera neblina invernal que daba al parque un aspecto casi mágico.
Llegué con casi media hora de antelación.
Me senté en un banco cerca del lago.
Había algunos músicos callejeros tocando violines y acordeones para las parejas que paseaban por los caminos cubiertos de nieve.
Intenté mantener la calma.
Pero mi corazón latía con una intensidad difícil de ignorar.
Pasaron diez minutos.
Quince.
Veinte.
Justo cuando empezaba a preguntarme si quizá no vendría…
La vi.
Caminaba lentamente por el sendero principal del parque.
Llevaba un abrigo oscuro y un pequeño sombrero que apenas contenía sus cabellos ondulados.
Por un momento todo lo que ocurría alrededor pareció desaparecer.
La ciudad.
La gente.
El ruido.
Todo.
Ella me vio.
Sonrió.
—Hola, John.
Aquella simple frase me produjo exactamente el mismo efecto que la noche de Navidad.
—Hola, Caroline.
Se sentó a mi lado.
—Pensé que tal vez no vendrías —dije.
—Yo pensé lo mismo de ti.
Reímos.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada más.
El lago estaba parcialmente cubierto de hielo y algunos niños intentaban deslizar pequeñas piedras sobre la superficie congelada.
—Gracias por escribirme —dijo finalmente.
—Gracias por responder.
Caroline me miró durante unos segundos con una expresión que no supe interpretar del todo.
—¿Sabes una cosa, John?
—¿Qué?
—No suelo hacer este tipo de cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Quedar en un parque con un hombre al que apenas conozco.
Sonreí.
—Supongo que yo tampoco suelo hacerlo.
—Pero aquí estamos.
—Sí.
Hubo un pequeño silencio.
Después Caroline dijo algo que cambiaría muchas cosas.
—Mi padre no sabe que estoy aquí.




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