Mi padre no sabe que estoy aquí.
Aquella frase quedó suspendida en el aire entre los dos durante unos segundos.
No era una confesión dramática, ni siquiera estaba dicha con preocupación, pero en sus palabras había algo que me hizo entender que aquello que estaba empezando entre nosotros no iba a ser sencillo.
—¿Y debería saberlo? —pregunté finalmente.
Caroline observó el lago durante unos instantes antes de responder.
—Probablemente no.
—Entonces supongo que no se lo diremos.
Ella sonrió con una mezcla de complicidad y timidez.
—Supongo que no.
Nos quedamos sentados en silencio mientras el viento movía suavemente la superficie helada del lago. Los músicos seguían tocando a lo lejos y el sonido de un violín se mezclaba con el murmullo lejano de la ciudad.
—Me alegro de que hayas venido —dijo finalmente.
—Yo también.
Caroline cruzó las manos sobre su regazo y suspiró ligeramente.
—Desde la noche de Navidad no he dejado de pensar en nuestra conversación.
Aquello me sorprendió.
—¿De verdad?
—Sí —respondió—. Supongo que no estoy acostumbrada a hablar con alguien…
—¿Así cómo?
—Con sinceridad.
Aquella palabra me hizo sonreír.
—La sinceridad suele ser peligrosa.
—Lo sé —respondió ella—. Pero también puede ser maravillosa.
La miré durante unos segundos.
—¿Y qué fue lo que más pensaste de aquella conversación?
Caroline giró ligeramente la cabeza hacia mí.
—Pensé que eras la primera persona en mucho tiempo que no parecía impresionada por mi apellido.
No supe qué responder a aquello.
—Supongo que tu apellido no me impresiona demasiado —dije finalmente.
Ella rió.
—Eso lo hace aún más interesante.
Aquel fue el primero de muchos encuentros.