Aquel fue el primero de muchos encuentros.
Durante las semanas siguientes Caroline y yo comenzamos a vernos con frecuencia.
Siempre en lugares discretos.
Central Park.
Pequeños cafés alejados de las grandes avenidas.
Calles tranquilas donde nadie prestaba demasiada atención a dos jóvenes conversando durante horas.
Había algo curioso en la forma en que hablábamos.
No necesitábamos impresionar al otro.
Ni fingir.
Ni aparentar.
Simplemente hablábamos.
Caroline me contaba historias de su infancia en la gran casa de Sunnyside.
—Mi madre solía decir que la casa era demasiado grande para nosotros —me explicó una tarde mientras caminábamos por un sendero cubierto de hojas secas—. Decía que una casa grande puede hacer que la gente se sienta pequeña.
—¿Y tenía razón?
Caroline pensó durante unos segundos.
—Sí.
—Yo crecí en lugares demasiado pequeños —respondí—. Supongo que por eso nunca tuve tiempo de sentirme pequeño.
Ella me miró con curiosidad.
—Cuéntame cómo era tu vida cuando eras niño.
Aquella pregunta me tomó por sorpresa.
No mucha gente me había preguntado eso.
—Era… sencilla —dije finalmente—. Mi padre trabajaba muchas horas en la fábrica. Mi madre cuidaba de la casa.
—¿Y eras feliz?
Pensé en ello durante unos segundos.
—Sí.
—¿Hasta el accidente?
Asentí.
Caroline bajó la mirada.
—Lo siento.
—No lo sientas —respondí—. Hace mucho tiempo de eso.
Pero no era del todo cierto.
Algunas pérdidas nunca dejan de sentirse cercanas.
Caroline pareció comprenderlo sin que yo dijera nada más.