Una tarde de enero comenzó a nevar con fuerza mientras caminábamos por el parque.
Los copos caían lentamente sobre los árboles desnudos y la ciudad parecía haberse vuelto más silenciosa.
Nos refugiamos bajo el pequeño techo de un kiosco de música vacío.
Caroline extendió las manos para atrapar algunos copos de nieve.
—Siempre me ha gustado la nieve —dijo.
—¿Por qué?
—Porque hace que todo parezca nuevo.
—A mí me recuerda que el invierno puede ser muy largo.
Ella sonrió.
—Siempre ves las cosas de forma diferente.
—Supongo que es lo que ocurre cuando uno crece en un lugar distinto al tuyo.
Caroline me miró fijamente.
—¿Te molesta eso?
—¿El qué?
—Que nuestras vidas sean tan diferentes.
La pregunta quedó suspendida entre nosotros.
—No —respondí finalmente.
—¿Seguro?
—Sí.
Caroline parecía querer decir algo más.
Pero en lugar de eso se acercó un poco más a mí.
El viento levantó algunos copos de nieve alrededor del kiosco.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
—John… —murmuró.
No terminó la frase.
Pero no hacía falta.
La besé.
Esta vez no fue como la noche de Navidad.
Fue más lento.
Más consciente.
Más real.
Cuando nos separamos Caroline tenía los ojos ligeramente brillantes.
—Creo que esto complica un poco las cosas —dijo.
—Creo que sí.
—¿Te arrepientes?
—No.
—Yo tampoco.