Durante algún tiempo todo siguió igual.
Nuestros encuentros continuaron.
Nuestras conversaciones se hicieron más largas.
Más profundas.
Pero poco a poco algo empezó a cambiar.
Una tarde Caroline llegó al parque con expresión preocupada.
—Creo que mi padre empieza a sospechar algo —dijo.
—¿Sobre nosotros?
—Sí.
Sentí una ligera presión en el pecho.
—¿Le has dicho algo?
—No —respondió—. Pero me ha preguntado varias veces por qué salgo tanto últimamente.
—¿Y qué le has dicho?
—Que paseo.
—Bueno… eso es cierto.
Caroline sonrió ligeramente, pero la preocupación seguía en sus ojos.
—Mi padre es un hombre muy observador.
—Lo sé.
—Y cuando sospecha algo… siempre termina descubriéndolo.
Aquello no era una noticia especialmente tranquilizadora.
—Entonces supongo que tendremos que ser más cuidadosos.
—Sí.
Caroline guardó silencio durante unos instantes.
—John… hay algo que debes entender.
—¿Qué?
—Mi padre no ve el mundo de la misma forma que nosotros.
—¿A qué te refieres?
—Para él existen… categorías.
—¿Categorías?
—Personas que pertenecen a su mundo… y personas que no.
Comprendí perfectamente lo que quería decir.
—Y yo no pertenezco a ese mundo.
Caroline no respondió inmediatamente.
Pero su silencio fue respuesta suficiente.