Lo que oyen los grillos

El miedo

Aquella noche no pude dejar de pensar en sus palabras.
Sabía perfectamente cómo funcionaba la sociedad en Nueva York.
Había visto demasiadas veces la distancia que separaba a los hombres ricos de los hombres pobres.
Pero nunca había pensado que esa distancia pudiera interponerse entre dos personas de forma tan directa.
Los días siguientes Caroline y yo seguimos viéndonos.
Pero algo había cambiado.
No entre nosotros.
Sino en el ambiente que nos rodeaba.
Cada encuentro parecía más frágil.
Más valioso.
Como si los dos supiéramos que en cualquier momento algo podría romper aquella pequeña burbuja que habíamos construido.
Una tarde, mientras caminábamos cerca del lago, Caroline se detuvo.
—John…
—¿Sí?
—Prométeme una cosa.
—¿Cuál?
—Que pase lo que pase… recordarás estos momentos.
La miré sorprendido.
—¿Por qué dices eso?
Caroline sonrió con una tristeza suave.
—Porque a veces la vida no nos deja conservar lo que más queremos.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—No hables así.
—No puedo evitarlo.
Tomé sus manos entre las mías.
—Escúchame bien, Caroline.
—¿Sí?
—Mientras yo tenga algo que decir al respecto… nadie va a separarnos.
Ella me miró con una mezcla de ternura y preocupación.
—Ojalá el mundo funcionara así, John.
El viento movía suavemente las ramas de los árboles sobre nuestras cabezas.
—Tal vez no funcione así —respondí—.
—Pero eso no significa que no podamos intentarlo.
Caroline apretó ligeramente mi mano.
Y durante unos segundos los dos permanecimos en silencio.




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