Durante algún tiempo no noté aquella mirada que nos observaba.
Caroline y yo seguimos caminando por el sendero del parque ajenos a todo lo que ocurría a nuestro alrededor. El invierno comenzaba a retirarse lentamente de la ciudad y en algunos puntos del parque la nieve empezaba a derretirse dejando ver la tierra húmeda bajo los árboles.
Pero aquella tarde algo en Caroline parecía distinto.
Más silencioso.
Más tenso.
—¿En qué piensas? —pregunté mientras caminábamos junto al lago.
Caroline tardó unos segundos en responder.
—En que me gustaría que el tiempo se detuviera.
—¿Por qué?
—Porque tengo la sensación de que algo va a cambiar pronto.
Aquella frase me produjo un leve escalofrío.
—¿Tu padre?
Caroline no respondió de inmediato.
—Mi padre no es un mal hombre, John —dijo finalmente—. Pero ha vivido toda su vida creyendo que el mundo se divide entre quienes mandan… y quienes obedecen.
—Eso suena bastante triste.
—Lo es.
Continuamos caminando unos metros más en silencio.
—Si llegara a descubrir lo nuestro… —murmuró.
—¿Qué haría?
Caroline bajó la mirada.
—No lo sé.
Pero en sus ojos pude ver que sí lo sabía.