Aquella misma tarde fui a ver a Caroline.
Habíamos quedado en el mismo lugar de siempre, cerca del lago.
Cuando me vio llegar supo inmediatamente que algo había ocurrido.
—¿Qué pasa?
—Tu padre ha venido a verme.
Caroline se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Esta mañana.
Su rostro palideció ligeramente.
—¿Qué te dijo?
La miré durante unos segundos.
—Que dejara de verte.
Caroline cerró los ojos.
—Lo sabía.
—¿Cómo?
—Porque esta mañana discutimos.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Le dijiste algo sobre nosotros?
—No —respondió—. Pero sospecha.
El viento soplaba con fuerza sobre el lago.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté.
Caroline tardó unos segundos en responder.
—Seguir viéndonos.
Aquella respuesta me sorprendió.
—¿Estás segura?
—Más que nunca.
—Tu padre no se va a quedar de brazos cruzados.
—Lo sé.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Pero tampoco voy a dejar que decida mi vida.
Tomé su mano.
—Esto puede volverse muy difícil.
Caroline asintió.
—Lo sé.
—¿Y aun así quieres seguir adelante?
Sus labios dibujaron una pequeña sonrisa.
—Nunca he querido algo tanto en mi vida.