Lo que oyen los grillos

El silencio del capataz

Había ido a una obra en la calle 43 donde estaban levantando un nuevo edificio de oficinas.
El capataz era un hombre grande, con barba gris y manos curtidas por años de trabajo.
Parecía dispuesto a contratarme.
—Tienes buena pinta para trabajar —me dijo después de escucharme—. ¿Has trabajado antes en construcción?
—Durante años.
—Bien.
Se quedó pensativo unos segundos.
—Empiezas mañana.
Sentí un pequeño alivio recorrerme el cuerpo.
Pero justo cuando estaba a punto de marcharme, uno de los hombres del lugar se acercó al capataz y le susurró algo al oído.
El capataz me miró de nuevo.
Esta vez de una forma distinta.
Más fría.
—Espera un momento.
Se alejó unos metros con el otro hombre.
Hablaron durante apenas medio minuto.
Cuando volvió hacia mí, su expresión había cambiado por completo.
—Lo siento, muchacho —dijo evitando mirarme directamente—. El puesto ya no está disponible.
Sentí un vacío extraño en el estómago.
—Pero hace un momento…
—Lo siento.
No añadió nada más.
Ni siquiera me miró cuando me di la vuelta para marcharme.




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