El parque estaba casi vacío aquella tarde.
Las ramas de los árboles se movían suavemente con el viento.
—¿Te ha prohibido verme? —pregunté.
Caroline asintió.
—Sí.
—¿Y?
Hubo un momento de silencio.
—Le dije que no iba a dejar de hacerlo.
Sentí una mezcla de orgullo y preocupación.
—Caroline…
—No, John.
Tomó mi mano con firmeza.
—Escúchame.
—Estoy escuchando.
—He vivido toda mi vida rodeada de decisiones que otros han tomado por mí.
—Lo sé.
—Qué estudiar. A qué fiestas ir. Con qué personas hablar.
Su voz se volvió más intensa.
—Pero esta vez es distinto.
—¿Por qué?
—Porque esta vez se trata de mi vida.
Sus ojos brillaban con una determinación que nunca había visto antes.
—Y nadie va a decidirla por mí.