Unos días después ocurrió algo que confirmó todas mis sospechas.
Estaba caminando por una calle cercana al río cuando un coche negro se detuvo junto a la acera.
La ventanilla bajó lentamente.
Dentro estaba Jack Ford.
—Sube, John.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Dudé durante unos segundos.
Pero finalmente abrí la puerta.
El coche comenzó a avanzar lentamente por la avenida.
Durante unos minutos ninguno de los dos habló.
Finalmente Jack rompió el silencio.
—He oído que estás teniendo dificultades para encontrar trabajo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Las cosas están difíciles para todos.
Jack sonrió levemente.
—Para algunos más que para otros.
Lo miré.
—¿Está diciendo que usted tiene algo que ver con eso?
Jack se limitó a mirar por la ventanilla.
—Estoy diciendo que Nueva York es una ciudad muy… conectada.
El coche se detuvo en una esquina.
—Déjame ser claro contigo, John.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Esto puede terminar de dos formas.
El silencio se volvió pesado.
—O te apartas de la vida de mi hija…
Su voz bajó un tono.
—O descubres lo difícil que puede volverse la vida en esta ciudad.
Sentí que la rabia volvía a subir por mi pecho.
—¿Eso es una amenaza?
Jack se recostó en el asiento.
—Es un consejo.