Caroline empezó a cambiar.
No conmigo.
Pero sí con el mundo.
Había algo distinto en su mirada cada vez que hablábamos de su casa.
—Mi padre pasa horas encerrado en su despacho —me dijo una tarde mientras caminábamos por el parque.
—¿Por el negocio?
—Sí.
—Supongo que está preocupado por lo que ocurre en el mercado.
Caroline asintió.
—He oído a algunos de sus socios discutir.
—¿Discutir?
—Mucho.
El viento movía suavemente las hojas de los árboles.
—¿Crees que su empresa tiene problemas?
Caroline dudó.
—No lo sé.
Pero en su voz había algo que decía que sí lo sabía.