Lo que oyen los grillos

Años de silencio

Pasaron los años.

No de forma rápida, ni dramática, como en las historias que uno escucha en los bares o lee en los periódicos.

Pasaron de la forma más sencilla y cruel que puede pasar el tiempo: lentamente.

Al principio pensé que Caroline volvería.

Que aparecería en cualquier momento con una explicación, una carta, una palabra que diera sentido a todo lo que había ocurrido.

Pero los días se convirtieron en semanas.

Las semanas en meses.

Y los meses en años.

Nueva York cambió durante ese tiempo.

La ciudad brillante de finales de los años veinte desapareció poco a poco, sustituida por una más gris, más cansada.

Las calles se llenaron de hombres buscando trabajo.

Las colas frente a los comedores sociales se hicieron cada vez más largas.

Algunos negocios cerraron.

Otros simplemente dejaron de existir.

Pero la ciudad, como siempre, siguió adelante.

Y yo con ella.

Conseguí trabajo de forma intermitente durante los primeros años.

Construcción.

Descarga en los muelles.

Almacenes.

Nada estable, pero suficiente para seguir adelante.

Frank seguía en el Tony’s Club, aunque el lugar ya no tenía el mismo ambiente de antes.

Muchos de los hombres que solían llenar aquellas mesas habían desaparecido.

Algunos arruinados.

Otros simplemente… perdidos.

A veces, cuando el bar estaba casi vacío, Frank se apoyaba en la barra y me miraba con una media sonrisa.

—¿Sigues pensando en ella?

Nunca respondía.

Porque los dos sabíamos la respuesta.




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