Lo que oyen los grillos

Lo que el tiempo no borra

Caminamos juntos durante un rato.

Sin saber exactamente a dónde íbamos.

Al principio hablamos de cosas sencillas.

De la ciudad.

De cómo habían cambiado algunas calles.

Pero había algo que ninguno de los dos mencionaba.

El pasado.

Finalmente nos sentamos en un banco.

Curiosamente, no muy lejos del lugar donde solíamos encontrarnos años atrás.

—Pensé muchas veces en volver —dijo Caroline en voz baja.

—¿Por qué no lo hiciste?

Guardó silencio durante unos segundos.

—Porque todo cambió después de aquella noche.

Su voz tenía un tono cansado.

—Mi padre sobrevivió al disparo… pero nunca volvió a ser el mismo.

La miré con atención.

—Nos fuimos de la ciudad poco después.

—Lo sé.

—Vivimos en Boston durante un tiempo.

Bajó la mirada.

—Y luego… me casé.

Aquella palabra cayó entre nosotros con una suavidad extraña.

Pero también con un peso inevitable.

—¿Es feliz?

Caroline tardó en responder.

—Es un buen hombre.

Aquella no era exactamente una respuesta.

Pero entendí lo que significaba.




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