Años después aún recuerdo aquellos días.
A veces, cuando la ciudad se queda en silencio y el verano comienza a retirarse lentamente, salgo a caminar por el parque.
Me siento cerca del lago.
Y escucho.
Los grillos comienzan a cantar cuando cae la noche.
Siempre lo han hecho.
Incluso en aquellos días lejanos en que Caroline y yo creíamos que el mundo nos pertenecía.
A veces cierro los ojos.
Y por un instante casi puedo verla caminando entre los árboles.
Con esa sonrisa que parecía guardar todos los veranos del mundo.
Entonces el sonido de los grillos llena el aire.
Y pienso que quizá ellos recuerdan mejor que nosotros.
Porque hay historias que no desaparecen.
Historias que siguen viviendo en algún lugar entre la memoria… y el tiempo.
Historias como la nuestra.