A veces me preguntan si me arrepiento.
Si cambiaría algo de todo lo que ocurrió.
La respuesta siempre tarda en llegar.
No porque no la conozca.
Sino porque algunas preguntas merecen ser pensadas con calma.
He tenido una vida larga.
He visto la ciudad cambiar más veces de las que puedo contar. He visto edificios levantarse donde antes solo había calles vacías, y he visto desaparecer lugares que en otro tiempo parecían eternos.
Nueva York siempre ha sido así.
Siempre avanzando.
Siempre dejando algo atrás.
Pero hay cosas que el tiempo no consigue borrar.
Algunas noches, cuando el verano comienza a terminar y el aire se vuelve más fresco, me siento cerca del lago donde solíamos caminar.
El parque está tranquilo a esas horas.
Los coches pasan lejos.
Las luces de la ciudad se reflejan en el agua.
Y entonces comienzan a oírse los grillos.
Es curioso cómo un sonido tan pequeño puede traer tantos recuerdos.
Cuando los escucho, vuelvo a ser aquel muchacho que creía que el mundo era un lugar sencillo.
Vuelvo a ver a Caroline caminando entre los árboles, hablando con esa mezcla de curiosidad y alegría que parecía iluminar todo lo que la rodeaba.
A veces me pregunto qué habría pasado si el tiempo hubiera sido más generoso con nosotros.
Si el mundo hubiera sido un poco menos orgulloso.
Si hubiéramos tenido la oportunidad de vivir una vida juntos.
Pero los años me han enseñado algo importante.
No todos los amores están hechos para durar.
Algunos existen solo para recordarnos que fuimos capaces de amar de verdad.
Y quizá eso, al final, es suficiente.
Porque mientras haya alguien que recuerde aquellos días…
mientras alguien todavía escuche el canto de los grillos y piense en un verano que ya no volverá…
entonces esa historia nunca desaparece del todo.