Viajar en tren tiene eso: uno mira sin querer, o sin querer lo miran a uno.
Ese día fue la primera vez que lo vi. Alto, pelo castaño, anteojos, camisa. Estaba en el otro vagón, apoyado como si esperara algo. O a alguien. Pero desde ese vagón yo sentía su mirada.
Yo estaba sentada leyendo a Benedetti, en una tarde de mucho calor, aunque mi cabeza seguía en la oficina, entre tareas pendientes.
Y él seguía ahí.
No pasó nada, salvo esa sensación incómoda de que alguien te mira y no sabés si querés comprobarlo. Levanté los ojos. Ya sentía su mirada. Cuando lo miré, seguía ahí, posada en mí.
Al otro día volvió a aparecer. De nuevo esos ojos. Esa mirada queriendo decir algo y diciendo nada.
Era la mañana siguiente. El mismo tren. La misma mirada. Distinto vagón.
Volví a encontrarlo. Volví a mirar esos ojos que querían hablar. Pasé cerca y miré el reflejo del vidrio, con disimulo. Él también miraba. No a mí, claro. A mi reflejo. Como si así no contara.
Desde entonces, cada día cuando subo al tren, miro menos a la gente. Ya no busco algo. Ya no busco a alguien.
Busco esa mirada.
Busco eso que quería decir y no se atrevió.
A él lo busco.
Y a sus ojos también.
Editado: 23.02.2026