También fue un viernes por la tarde, recorriendo todo ese trayecto que hago para llegar a mi casa, a mi hogar.
El mismo vagón, el mismo ruido de siempre, ese que ya nadie escucha pero que igual insiste.
A mi lado, una señora sostenía una bolsita mínima, de esas que parecen guardar secretos más que objetos.
La abrió con una delicadeza casi tímida y sacó unos dijes. Brillaban, sí, pero no como brillan las cosas nuevas, sino como brillan las cosas queridas, las cosas importantes.
Los miró apenas un segundo. Después los devolvió a su sobre, con esa lentitud que sólo aparece cuando alguien no quiere que el momento se termine, quizás porque deseaba que ese instante fuera eterno. Como el amor que seguro le tenía a esa persona que iba a recibir ese maravilloso presente.
Pensé que eran un regalo para alguien importante. Porque nadie toca así algo si no hay cariño en la punta de los dedos.
Entonces vi el moño. Chiquito. Correcto. Pero desatado.
La señora empezó a rehacerlo.
Y ahí aparecieron sus uñas, que captaron poderosamente mi atención.
Eran rojas. Largas. Impecables. Brillaban.
Se movían con cuidado, como si también ellas supieran que estaban participando de algo valioso. No pude dejar de mirarlas; con tan solo tenerlas cerca, te cautivaban.
Tal vez porque el rojo siempre me pareció un color que dice más de lo que muestra. O tal vez porque ese gesto —atar un moño para alguien ausente— tenía algo parecido a una confesión.
Y entendí, sin saber bien por qué,
que hay personas que no entregan regalos:
entregan pequeños pedazos de su tiempo,
envueltos como si fueran eternidad.
Entregan amor, esfuerzo, dedicación y, sobre todo, compromiso.
Porque hay manos que no atan moños:
atan recuerdos,
y los dejan listos
para que el amor los desate. ✨
Editado: 18.03.2026