Una mañana como todas, viajando hacia el trabajo,
con ese sueño pegado en los párpados y la rutina agarrada del brazo.
Pero esta vez hubo algo distinto.
No fue un ruido, ni un anuncio, ni un frenazo brusco.
Fue algo más silencioso:
la ausencia.
Miré alrededor.
Algunos sentados, otros parados, todos presentes…
y sin embargo, ninguno ahí.
Nadie miraba a nadie.
Nadie tropezaba con una sonrisa ajena.
Nadie se regalaba ese gesto mínimo de reconocerse humano en otro.
Había menos voces.
Menos diálogo.
Menos nosotros.
Todos con auriculares inalámbricos, como si llevaran pequeñas puertas cerradas en los oídos.
Tal vez escuchaban música.
Tal vez escapaban.
Tal vez se defendían.
Porque a veces el mundo suena demasiado fuerte
y uno necesita bajarle el volumen a la realidad para poder seguir.
Y mientras el vagón avanzaba, pensé —casi sin querer—
que quizá no estaban aislados del mundo…
sino refugiados de él.
Y entendí que el verdadero silencio no estaba en el tren,
sino en lo poco que nos miramos cuando coincidimos en la vida.
Ahí supe que no era la música lo que nos aislaba, sino el miedo a encontrarnos.
Editado: 18.03.2026