Lo que pasa cuando nadie dice nada

NARICES

El subte iba lleno, pero igual se las veía.
Primero noté la nariz de la chica. Perfecta. Demasiado perfecta para su edad.
No era maquillaje ni luz: era una nariz que parecía decidida.
Pensé que podían ser madre e hija.
La nariz lo decía.
Las dos la tenían igual, como una herencia demasiado exacta.
Después miré a la mujer que estaba al lado.
Ahí entendí.
Era la misma nariz, pero en versión cansada. Como si el tiempo hubiera pasado primero por una y después por la otra.
La chica llevaba un vestido rosa de mangas largas y zapatitos chatos.
Tenía una cartera negra colgando, llena de cosas brillantes, fotos o dijes, no sé. Algo hacía ruido cuando se movía.
No parecía incómoda.
Tampoco tranquila.
La mujer sostenía un bolso grande. Miraba al frente.
No a la chica.
Al frente, como si viajar fuera un trámite.
Varias personas las miraban. No disimulaban demasiado.
Yo también miré.
No por la ropa.
Ni por la cartera.
Ni siquiera por la nariz.
Las miré porque había algo que no sabía nombrar.
Y cuando no sé nombrar algo, me queda dando vueltas.
Pero había algo más.
Cuando el subte volvió a arrancar, un hombre que estaba cerca las miró con una atención distinta.
No como se mira a alguien en el transporte.
La mujer también lo miró.
Fue apenas un segundo, pero alcanzó.
Un gesto mínimo, casi invisible.
Como cuando dos personas ya saben algo sin hablar.
La chica apretó la cartera.
Los dijes volvieron a sonar.
Y en ese momento entendí que el ruido no era de adornos.
Era de llaves.
Muchas llaves.
De esas que abren puertas donde nadie quiere preguntar demasiado.
Algunas puertas se abren con llaves.
Otras con silencio.



#2071 en Otros
#409 en Relatos cortos
#1641 en Fantasía

En el texto hay: amor, magia, benedetti

Editado: 18.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.