El chico de anteojos de sol.
El que está en la parada del colectivo.
Siempre llega unos minutos antes que yo.
Se queda parado cerca del cartel, mirando la calle como si esperara algo más que el colectivo.
Ese que me deja subir primero.
El que viaja conmigo en el mismo andén.
No hablamos nunca.
Ni siquiera un “hola”.
Pero hay gestos mínimos que se repiten todos los días:
cuando el colectivo llega, él se corre apenas hacia un costado para dejarme pasar;
cuando el vagón se llena, busca un lugar donde ninguno moleste al otro.
Juntos vamos hasta Lacroze
y después él sigue su rumbo.
A veces miro el reflejo de sus anteojos de sol e imagino qué estará viendo realmente.
Tal vez la calle.
Tal vez a la gente que pasa apurada.
O tal vez —aunque suene absurdo— también me esté mirando a mí.
Siempre lo veo.
No sé si sabrá que existo.
Es muy apuesto y atento.
De esos que parecen llevar una calma rara en medio del ruido de la ciudad.
Mis ojos no se cansan de mirarlo.
No por insistencia, sino por curiosidad.
Porque en una ciudad llena de desconocidos,
él es el único desconocido que me resulta familiar.
Tal vez él tampoco sepa que, sin decir una sola palabra,
ya forma parte de mi rutina.
Editado: 18.03.2026