Lo que pasa cuando nadie dice nada

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Y ahí estaba él, como todos los sábados.
Mirándome y sonriendo a lo lejos, en ese lugar lleno de humo, música, risas, amistades y alcohol.
Yo ya había bailado con él en una ocasión, pero todavía no sabía su nombre ni su edad.
Para mí era “El Viejo”. Ese era el apodo que yo le había puesto, porque me llevaba algunos años… aunque en ese momento no sabía cuántos.
Durante la noche me hacía caritas y me sonreía.
Siempre que nos veíamos, nos saludábamos.
Esa noche, con un par de copas encima y la adrenalina del lugar y la música, me animé a ir a hablarle.
Me enteré de su nombre, pero no de su edad.
No me quiso decir.
—Me acerqué porque usted siempre me mira —le dije.
Y todavía hoy recuerdo la frase que me respondió en ese momento:
—Podría estar toda la noche mirándola. Con eso ya me conformo… Me gusta mirarla.
Por dentro algo en mí se desmoronó.
Nunca nadie me había dicho algo así.
Entre charla, risas, chistes y piropos, me pasó su número.
Pensé que quizás me lo había dado mal, como para sacarme de encima.
Pero no.
Era su número.
Llegué a casa y le escribí.
Me respondió enseguida, con audios.
Se estaba yendo a un after.
Y yo, ya acostada en mi cama, desvelada… seguía pensando en esa frase que me había dicho.
Después de unos días hablando, me invitó a nuestra primera cita.
Me pagó el Uber de ida y de vuelta.
Quise sorprenderlo y llevé la cena.
Después nos acostamos en su cama gigante de dos plazas.
Sentí su piel junto a la mía, su respiración en mi oído y sus manos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo.
Estaba nerviosa.
Era la primera vez que estaba con un señor, con todas las letras.
Pasamos la noche juntos.
Fue atento, cariñoso, cuidadoso y respetuoso.
Al día siguiente los dos teníamos que ir a trabajar.
Yo entraba más temprano que él.
Mientras me preparaba, me hizo el desayuno.
Me miraba todo el tiempo.
Desayunamos juntos y charlamos.
Habíamos pasado una noche hermosa.
Sincera.
Especial.
Me llamó un Uber y me fui hasta la estación del tren del barrio donde él vivía.
No estaba tan lejos de casa, eran solo unas pocas estaciones.
Pero yo me fui directo al trabajo.
Durante el viaje me seguía escribiendo.
Y yo me sentía en las nubes.
Y hasta hoy seguimos en contacto.
Me lleva 26 años.
Muchos dirían que es demasiado.
Que no es lo correcto.
Que esas historias no duran.
Pero la edad… a veces es solo un número.
Porque esa noche entendí algo que nadie me había dicho antes:
que a veces la paz, la ternura y la calma
no llegan de la mano de alguien de tu edad…
sino de un hombre que ya vivió lo suficiente
como para saber exactamente cómo mirarte.



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En el texto hay: amor, magia, benedetti

Editado: 18.03.2026

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