El chico de camisa rayada que me miraba en el tren.
Siempre nos veíamos en el primer vagón.
Sin querer nos mirábamos, sin decirnos una palabra.
Al principio pensé que era casualidad. Una de esas coincidencias que pasan en los viajes, cuando uno mira alrededor sin saber bien qué buscar.
Pero pasaban los días y ya cuando subíamos al tren, nuestros ojos se buscaban.
Él se subía siempre en esa estación que queda entre Villa Bosch y Lourdes.
La que dura apenas un suspiro antes de que el tren vuelva a arrancar.
Yo ya sabía que, cuando el tren frenaba ahí, tenía que mirar hacia la puerta.
Y casi siempre, entre la gente que subía apurada, aparecía la camisa rayada.
Nunca hablamos.
Ni un “hola”, ni una sonrisa abierta.
Solo esas miradas cortas que parecían decir algo que ninguno de los dos se animaba a decir en voz alta.
A veces imaginaba su voz.
Su nombre.
O hacia dónde iría cuando bajaba antes que yo.
Hasta que un día no subió.
El tren frenó en esa estación entre Villa Bosch y Lourdes.
Las puertas se abrieron.
La gente subió.
Pero la camisa rayada no apareció.
Y fue ahí cuando entendí algo que nadie te avisa:
a veces, las historias más cortas
son las que nunca llegaron a empezar.
Editado: 18.03.2026