Y ahí va ella, bajando las escaleras del subte.
Un día más de trabajo.
Un día pesado, de esos donde la cabeza no descansa ni un segundo.
Donde los pensamientos se amontonan como gente en hora pico.
Todos la llaman.
Le consultan.
Le encargan cosas.
Es mediadora, da indicaciones, pregunta, organiza, hace seguimientos.
Resuelve problemas que ni siquiera son suyos.
Se encarga de todo.
Es un pilar fundamental para su entorno.
Ahí va ella, mirando a la nada…
pero pensando en todo.
En lo que falta.
En lo que se olvidó.
En lo que todavía tiene que resolver.
Ahí va ella con sus pocas energías, con las fuerzas justas, pero igual avanzando.
Siempre pensando en los asuntos que tiene que ordenar, acomodar, cerrar.
Siempre está para todo y para todos.
Pero… ¿quién está para ella?
Siempre se encarga de los problemas de los demás.
Pero… ¿quién se encarga de los suyos?
Ahí va ella.
Entera… o rota.
Fuerte… o cansada.
Pero va.
Porque aunque nadie lo note,
aunque nadie se lo pregunte,
aunque nadie la sostenga cuando todo pesa demasiado…
igual sigue caminando.
Y tal vez nadie se detenga a mirarla bajar esas escaleras del subte,
pero si lo hicieran, entenderían algo muy simple:
que hay personas que cargan el mundo entero en los hombros…
y aun así llegan igual a destino.
Quizás lo más triste sea que ella misma ya se acostumbró
a ser la que sostiene a todos…
mientras nadie se detiene a preguntarle
si todavía queda alguien
que pueda sostenerla a ella.
Editado: 18.03.2026