No fue lo que dijo.
Fue cómo lo dijo.
Como si estuviera midiendo cada palabra,
como si no quisiera lastimarme…
pero tampoco prometerme nada.
—No me veo en algo serio con vos —me soltó.
Y ahí quedó todo en silencio.
No hizo falta que aclarara nada más.
La frase cayó sola, pesada,
como caen las verdades que no tienen vuelta.
Después vino ese intento de acomodarlo:
“Por ahí estoy diciendo cualquiera…
hay que hablarlo en persona.”
Y yo me quedé pensando en eso.
En el “cualquiera”.
En lo fácil que es decirlo
cuando en realidad ya dijiste todo.
Porque cuando me mira,
no parece dudar de nada.
Cuando me habla,
no hay distancia.
Cuando me roza,
no existe ninguna excusa.
Pero cuando piensa…
ahí sí.
Y entonces entendí algo:
no hay edades que separen,
hay miedos que alcanzan.
Y ahí supe
que no era la edad…
era la elección.
Porque hay silencios
que dicen exactamente dónde no te van a elegir.
Editado: 18.03.2026